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El hongo amanita muscaria es, probablemente, el enteógeno más antiguo que ha usado el hombre. Se trata de un hongo muy extendido por todo el mundo que suele crecer al pie de abedules, hayas, robles y abetos -ya que vive en simbiosis con las raíces de estos árboles-. La variedad de Europa, Asia y América del Norte tiene un vistoso sombrero rojo cubierto de puntos blancos, mientras que en América Central y del Sur tiene un sombrero naranja o amarillo adornado con puntos amarillentos. En Siberia se han encontrado petroglifos con unos 3.000 años de antigüedad, y se sabe con certeza que en esta región se sigue empleando en la actualidad por algunos chamanes.
La amanita muscaria es conocida por una gran variedad de nombres: falsa oronja, matamoscas u oropéndola loca (castellano), kukelto falsoa (euskera), oriol foll, reig de fageda o reig foll (catalán). Muchas lenguas célticas o del norte de Europa llaman a este hongo de diversas maneras lo relacionan con los sapos, como en ingles toadtool (asiento del sapo) o ha ma chun en china. En Afganistán, se consume un extracto seco de amanita muscaria, que tiene el nombre de tshashm baskon (el abridor del ojo) haciendo referencia a sus cualidades visionarias al estimular la apertura del tercer ojo o glándula pineal.

Psicoactividad de la amanita muscaria

El principal componente psicoactivo de la amanita muscaria es el ácido iboténico que se transforma en muscimol cuando los hongos se han secado. El muscimol no provoca efectos desagradables en el cuerpo, mientras que el ácido iboténico sí los produce. Otro alcaloide de la amanita muscaria es la muscarina, que también produce algunos efectos secundarios desagradables, como vómitos y espasmos estomacales. Existen gran variedad de informes sobre el consumo de amanita muscaria en los que se describe el añadido de algunas plantas que atenúan o eliminan dichos efectos desagradables, como la hierba de San Antonio o epilobo (epilobium angustifolium). La mala fama de hongo mortal es infundada, no siendo así como sucede en el caso de sus parientes más cercanos del mismo género: la amanita phalloides o «cáliz de la muerte» y la amanita virosa o «ángel exterminador».

Caleidoscopia, microscopia y macroscopia

La amanita muscaria es una poderosa llave hacia el mundo del inconsciente, el terreno onírico, donde habitan infinidad de seres de fantasía, resonadores arquetípicos de nuestras proyecciones psíquicas. Aunque los enteógenos no producen siempre los mismos efectos en cada individuo –influye la dosis, el contexto o la sensibilidad de cada individuo– podemos enumerar varios efectos de los más comunes en la experiencia al ingerir amanita muscaria que se desarrollan en diferentes fases.
El individuo bajo los efectos del hongo amanita muscaria se ve invadido por una sensación de embriaguez, que produce una gran euforia y sensación de fortaleza física, y pueden ir acompañadas de mareos y vértigos, ya que las dimensiones espaciales se distorsionan considerablemente produciendo la percepción de que los objetos se agrandan (macroscopia) o se encogen (microscopia). También aparecen vistosas y brillantes figuras caleidoscópicas al cerrar los ojos. El mundo físico que le rodea a uno se torna brillante, rebosante de vida, como si hubiera adquirido un matiz mágico. En otras ocasiones el sujeto se ve invadido por una gran somnolencia que puede dar paso a un estado profundamente visionario similar al producido por la ayahuasca o los hongos psilocíbicos.

Plaincourault 1


Capilla francesa de Plaincourault. S. XIII capilla francesa de Plaincourault

Ritos e identidades sagradas

En Asia encontramos referencias a la amanita muscaria como posible identidad de la divinidad Soma: el dios-planta védico de los pueblos indo-arios. Las investigaciones realizadas por R. G. Wasson, relacionando el consumo de orina por los participantes de los ritos, su mezcla con leche, su color rojizo y las descripciones como planta sin raíces ni hojas, permiten a establecer la hipótesis de que Soma es sinónimo de la amanita muscaria. Además, en los textos del Rig Veda el Soma aparece también estrechamente asociado con Indra, el dios védico del trueno y el rayo, que nos indica una mitología siempre vinculada a los hongos enteógenos. Significativamente, los siberianos consumen amanita muscaria secando los hongos al sol y se los comen, solos o mezclados con agua, leche de reno o el jugo de varias plantas dulces. 

También se conoce el uso de amanita muscaria entre algunos pueblos de América del norte y Canadá, como los ojibwa o los dogrid athabascan. En la América Central precolombina, los mayas de México y Guatemala conocían las propiedades visionarias de la amanita muscaria y la llamaban kakuljá-ikox («hongo del rayo» en lengua maya-quiché) y yuy chauk («hongo de los relámpagos» en lengua tzeltal). Esta asociación de un hongo con propiedades visionarias como hijo celeste del rayo o el relámpago también la encontramos presente en los hongos psilócibicos, inclusive su identificación con un dios.
El uso ancestral de la amanita muscaria en Europa está ligado a la tradición de los druidas celtas, que la ingerían como extracto visionario para adquirir sabiduría y conocimiento acerca de la naturaleza y sus misterios. Este uso fue extinguiéndose paulatinamente a medida que el cristianismo iba diezmando todo conocimiento precristiano, tachándolo de diabólico o pagano. El legado de los druidas supuso un profundo uso de las plantas, tanto visionarias como medicinales: un conocimiento chamánico que hasta la Edad Media mantuvieron vigente algunos depositarios de tal sabiduría, conocidos popularmente como brujas o hechiceras, hasta su sistemático exterminio por la Inquisición.
Algunas muestras de esa sabiduría ancestral de carácter mágico y visionario de la naturaleza las encontramos reflejadas en el arte románico europeo a modo de sincretismo cultural. Dos grandes investigadores italianos, Giorgio Samorini  y Gianluca Toro, han reseñado numerosas imágenes del arte religioso cristiano donde aparece una gran cantidad de hongos o árboles-hongos. Uno de los múltiples ejemplos que ha llegado hasta nuestros días, es la representación de un fresco del siglo XIII en la capilla francesa de Plaincourault, donde aparecen Adán y Eva rodeando el Árbol del Conocimiento con el característico aspecto y forma de una amanita muscaria por la que asciende una serpiente.

                                             
JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO
(Extracto del libro BOTÁNICA SAGRADA)