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Gurús y maestros espirituales: 2001 Odisea del espacio interior

Gurús y maestros espirituales: 2001 Odisea del espacio interior

Gurús o maestros espirituales

Hoy en día se habla mucho de que ya no necesitamos gurús o maestros espirituales, y que cada uno es su propio maestro. Si bien es cierto que cada quien es responsable de su viaje espiritual, en ocasiones uno sabe perfectamente que necesita toda la guía o ayuda posible. En mi opinión, lo más recomendable es admitir con humildad los límites de nuestro conocimiento, y tener fe en fuentes más sabias que nosotros y permanecer abiertos a la sabiduría de tradiciones ancestrales que han pasado la prueba del tiempo.
Ocurre en ocasiones que la rebeldía contra las convenciones puede motivar a algunos de los que toman un enteógeno a no hacerlo bajo el cuidado de una persona experta, lo cual puede enturbiar y distorsionar la experiencia. Por eso tomar plantas sagradas en un contexto lúdico o escapando de la realidad suele ser equivalente a quedarse en estadios superficiales, sin permitir que actúe realmente todo el potencial que el enteógeno puede ofrecer a cada persona. Esto se traduce muy a menudo en que cualquier atisbo de sanación o transformación resulta muy pobre o no llega a producirse nunca.

 

Los gurús y chamanes como portadores de la sabiduría ancestral

Si el contexto y la preparación no se han cuidado es muy posible experimentar la odisea del típico «mal viaje». Desde tiempos ancestrales las diferentes tradiciones han realizado un exclusivo uso ritual de las plantas enteógenas, por lo que no se han encontrado casos de sobredosis, adicciones u otras patologías derivadas de un uso inadecuado de los enteógenos. Tú eres el piloto y el navegante de tu camino espiritual, y sólo tú puedes decidir si debes pedir consejo, dónde debes buscarlo y si te conviene seguirlo o no. Sólo tú puedes interpretar las señales sagradas y salvar sus aparentes contradicciones. Sólo tú puedes decidir cómo encaja la sabiduría ancestral en tus circunstancias. Tú eres el que acaba decidiendo, y la principal brújula es tu propio sentido de la verdad. En el sendero espiritual no existe la «vía única».
Es cierto que para algunos buscadores la estricta obediencia a un maestro o a una institución espiritual constituye el mejor camino y el más adecuado. Pero incluso ellos deben determinar por sí mismos los términos exactos de su condición de discípulos. Ellos y sólo ellos pueden decidir cómo aplicar a sus vidas las enseñanzas de la fe que profesan y dónde establecer el límite de su entrega.

Ahí está el punto de equilibrio: ¿puedes cogerte de la mano de los guías sin perder de vista quién eres en realidad? ¿Puedes aceptar que hay muchas cosas que no sabes y, al mismo tiempo, admitir la verdad igualmente desalentadora de que cada decisión recaerá en ti, te sientas o no cualificado para ello? ¿Puedes conservar tu poder sin volverte arrogante, engañarte o desconectarte de fuentes de mayor sabiduría? Las respuestas obviamente están en tu interior.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

De vuelta a Matrix

De vuelta a Matrix

La búsqueda espiritual es la transformación de la Matrix (metáfora cinematográfica cuya idea principal es que vivimos atrapados en una realidad completamente ilusoria), se trata de la integración del samsara y el nirvana. La espiritualidad ha dejado ya de ser propiedad exclusiva de las religiones organizadas. Y aquello que promete la vida espiritual (paz, alegría, amor, sabiduría, libertad, conexión con lo Divino) ciertamente es muy real. Es asequible, y paradójicamente el camino es más sencillo y directo de lo que te han hecho creer y también más arduo y desconcertante de lo que a menudo se afirma. Creo que, a lo largo del camino que conduce hasta la libertad, todo el mundo tropieza tanto con su propia sombra personal (es decir, con aquellos aspectos del ego que son temidos y reprimidos), como con el lado oscuro e idealizado o distorsionado de la espiritualidad, que influye fuertemente desde el inconsciente colectivo.

LOS ENTEÓGENOS AYUDAN A VER LA MATRIX CON OTROS OJOS

Si durante siglos las plantas sagradas o enteógenas han sido reverenciadas por la mayoría de las culturas a lo largo de la historia de la humanidad, ha ocurrido que a medida que las civilizaciones han llegado a su apogeo, han perdido sus cultos sagrados, prohibiéndolos, castigándolos y relegándolos al olvido. Esta desconexión con lo sagrado ha propiciado la caída de todos estos imperios ya sumidos en una visión egoísta y egocéntrica. El sistema social que impera en occidente –basado en la ciencia y la razón– actúa como un ente que se alimenta de las personas que se comportan como engranajes ciegos y mecánicos. El sistema es la Matrix.

Los enteógenos actúan como catalizadores bioquímicos desencadenando un intenso proceso de expansión de la conciencia. Esta gran ampliación de la conciencia nos ofrece un cambio radical de perspectivas, que pueden ayudar a ver Matrix desde otros puntos de vista.

El sistema siempre ha demonizado todo aquello que libera al individuo de su civilizada y confortable jaula, impidiendo que las personas tomen realmente decisiones por ellas mismas, en definitiva, que ejerzan verdaderamente su libertad como seres humanos. Es evidente que la sociedad actual se encuentra en la cuerda floja, muy lejos de la naturaleza y de lo sagrado. No obstante, tenemos la oportunidad de experimentar fácilmente con gran diversidad de sustancias entéogenas.

Esta fácil accesibilidad suele estar desprovista de la información, preparación y el contexto adecuados para que la experiencia sea lo más fructífera posible. Por tal motivo, apoyo el uso de enteógenos como herramienta de desarrollo personal y ofrezco mi visión y experiencia en dicho campo. Las experiencias con enteógenos producen profundos cambios internos y nos abren a nuevas perspectivas para entendernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. Son un instrumento, una herramienta de inestimable valor a la hora de emprender un trabajo interior de autodesarrollo y autoconocimiento. De ahí que la finalidad del consumo de plantas enteógenas o de sus respectivos alcaloides sea conseguir determinadas alteraciones de la conciencia o ver de forma totalmente la Matrix.

Las culturas ancestrales poseen un conjunto coherente de tradiciones sagradas, una «concepción de la realidad». Su historia, su tradición sagrada –la mitología– cuenta cómo las cosas han venido a ser y muestra actitudes y conductas para poder experimentar y mantener vivos los mitos. Como ocurre con los propios mitos, que siempre están marcados por un ciclo de muerte-renacimiento, los dioses, semidioses y héroes, nos revelan en sus historias nuestra propia historia, nuestro propio mundo interno. Para acceder a los más profundos misterios de estas tradiciones se requería pasar por un proceso de iniciación. Esta iniciación no trataba solamente de una instrucción en el mero sentido de la palabra, el neófito sólo llegaba a hacerse digno de la enseñanza sagrada a través de una ardua preparación espiritual. Y son los chamanes los maestros que han sido iniciados en el empleo de la botánica sagrada, son los transmisores de una concepción ampliada del mundo gracias a los enteógenos.

DE VUELTA A LO COTIDIANO: REGRESO A LA MATRIX

A raíz del profundo trance vivido con los enteógenos se despierta una intensa necesidad de integrar en la vida cotidiana lo descubierto durante estas experiencias. Independientemente de las particularidades de su experiencia muchas personas después de un trance con enteógenos se enfrentan a las mismas situaciones básicas de siempre y que ahora precisan de una respuesta diferente e inmediata. Creencias y actitudes que antes tejían nuestro camino quizás ahora nos llevan a estrechos callejones de paradojas y ambigüedades.

Se despierta la necesidad de compartir las experiencias vividas y las nuevas dimensiones del Ser recién descubiertas con otras personas que lo puedan entender y respetar. El rechazo generalizado en la sociedad actual a la toma de sustancias modificadoras de la conciencia puede provocar que no se pueda contar la experiencia sin ser juzgado como loco, enfermo, drogadicto, etc. Esto lleva a que si se comenta a personas no adecuadas nos podemos encontrar con una actitud de rechazo o falta de comprensión. Si la familia, amigos o terapeutas no comprenden el potencial curativo de esas vivencias, pueden no considerarlas como válidas y preocuparse por el estado de la persona. Si ésta se deja influir por esos juicios, puede aumentar las dudas e invalidar su propia experiencia. En caso de tener dudas, lo mejor es consultar al guía que ha dirigido la experiencia.

Practicar técnicas de meditación o tener un maestro espiritual, es algo muy recomendable para el correcto desarrollo de autoconocimiento a través de las plantas enteógenas. Los chamanes, y más concretamente los que se desenvuelven en el ámbito de las plantas enteógenas han requerido un largo y duro entrenamiento para alcanzar su condición de chamanes.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

Amanita muscaria, el abridor del ojo

Amanita muscaria, el abridor del ojo

 

El hongo amanita muscaria es, probablemente, el enteógeno más antiguo que ha usado el hombre. Se trata de un hongo muy extendido por todo el mundo que suele crecer al pie de abedules, hayas, robles y abetos -ya que vive en simbiosis con las raíces de estos árboles-. La variedad de Europa, Asia y América del Norte tiene un vistoso sombrero rojo cubierto de puntos blancos, mientras que en América Central y del Sur tiene un sombrero naranja o amarillo adornado con puntos amarillentos. En Siberia se han encontrado petroglifos con unos 3.000 años de antigüedad, y se sabe con certeza que en esta región se sigue empleando en la actualidad por algunos chamanes.
La amanita muscaria es conocida por una gran variedad de nombres: falsa oronja, matamoscas u oropéndola loca (castellano), kukelto falsoa (euskera), oriol foll, reig de fageda o reig foll (catalán). Muchas lenguas célticas o del norte de Europa llaman a este hongo de diversas maneras lo relacionan con los sapos, como en ingles toadtool (asiento del sapo) o ha ma chun en china. En Afganistán, se consume un extracto seco de amanita muscaria, que tiene el nombre de tshashm baskon (el abridor del ojo) haciendo referencia a sus cualidades visionarias al estimular la apertura del tercer ojo o glándula pineal.

Psicoactividad de la amanita muscaria

El principal componente psicoactivo de la amanita muscaria es el ácido iboténico que se transforma en muscimol cuando los hongos se han secado. El muscimol no provoca efectos desagradables en el cuerpo, mientras que el ácido iboténico sí los produce. Otro alcaloide de la amanita muscaria es la muscarina, que también produce algunos efectos secundarios desagradables, como vómitos y espasmos estomacales. Existen gran variedad de informes sobre el consumo de amanita muscaria en los que se describe el añadido de algunas plantas que atenúan o eliminan dichos efectos desagradables, como la hierba de San Antonio o epilobo (epilobium angustifolium). La mala fama de hongo mortal es infundada, no siendo así como sucede en el caso de sus parientes más cercanos del mismo género: la amanita phalloides o «cáliz de la muerte» y la amanita virosa o «ángel exterminador».

Caleidoscopia, microscopia y macroscopia

La amanita muscaria es una poderosa llave hacia el mundo del inconsciente, el terreno onírico, donde habitan infinidad de seres de fantasía, resonadores arquetípicos de nuestras proyecciones psíquicas. Aunque los enteógenos no producen siempre los mismos efectos en cada individuo –influye la dosis, el contexto o la sensibilidad de cada individuo– podemos enumerar varios efectos de los más comunes en la experiencia al ingerir amanita muscaria que se desarrollan en diferentes fases.
El individuo bajo los efectos del hongo amanita muscaria se ve invadido por una sensación de embriaguez, que produce una gran euforia y sensación de fortaleza física, y pueden ir acompañadas de mareos y vértigos, ya que las dimensiones espaciales se distorsionan considerablemente produciendo la percepción de que los objetos se agrandan (macroscopia) o se encogen (microscopia). También aparecen vistosas y brillantes figuras caleidoscópicas al cerrar los ojos. El mundo físico que le rodea a uno se torna brillante, rebosante de vida, como si hubiera adquirido un matiz mágico. En otras ocasiones el sujeto se ve invadido por una gran somnolencia que puede dar paso a un estado profundamente visionario similar al producido por la ayahuasca o los hongos psilocíbicos.

Plaincourault 1


Capilla francesa de Plaincourault. S. XIII capilla francesa de Plaincourault

Ritos e identidades sagradas

En Asia encontramos referencias a la amanita muscaria como posible identidad de la divinidad Soma: el dios-planta védico de los pueblos indo-arios. Las investigaciones realizadas por R. G. Wasson, relacionando el consumo de orina por los participantes de los ritos, su mezcla con leche, su color rojizo y las descripciones como planta sin raíces ni hojas, permiten a establecer la hipótesis de que Soma es sinónimo de la amanita muscaria. Además, en los textos del Rig Veda el Soma aparece también estrechamente asociado con Indra, el dios védico del trueno y el rayo, que nos indica una mitología siempre vinculada a los hongos enteógenos. Significativamente, los siberianos consumen amanita muscaria secando los hongos al sol y se los comen, solos o mezclados con agua, leche de reno o el jugo de varias plantas dulces. 

También se conoce el uso de amanita muscaria entre algunos pueblos de América del norte y Canadá, como los ojibwa o los dogrid athabascan. En la América Central precolombina, los mayas de México y Guatemala conocían las propiedades visionarias de la amanita muscaria y la llamaban kakuljá-ikox («hongo del rayo» en lengua maya-quiché) y yuy chauk («hongo de los relámpagos» en lengua tzeltal). Esta asociación de un hongo con propiedades visionarias como hijo celeste del rayo o el relámpago también la encontramos presente en los hongos psilócibicos, inclusive su identificación con un dios.
El uso ancestral de la amanita muscaria en Europa está ligado a la tradición de los druidas celtas, que la ingerían como extracto visionario para adquirir sabiduría y conocimiento acerca de la naturaleza y sus misterios. Este uso fue extinguiéndose paulatinamente a medida que el cristianismo iba diezmando todo conocimiento precristiano, tachándolo de diabólico o pagano. El legado de los druidas supuso un profundo uso de las plantas, tanto visionarias como medicinales: un conocimiento chamánico que hasta la Edad Media mantuvieron vigente algunos depositarios de tal sabiduría, conocidos popularmente como brujas o hechiceras, hasta su sistemático exterminio por la Inquisición.
Algunas muestras de esa sabiduría ancestral de carácter mágico y visionario de la naturaleza las encontramos reflejadas en el arte románico europeo a modo de sincretismo cultural. Dos grandes investigadores italianos, Giorgio Samorini  y Gianluca Toro, han reseñado numerosas imágenes del arte religioso cristiano donde aparece una gran cantidad de hongos o árboles-hongos. Uno de los múltiples ejemplos que ha llegado hasta nuestros días, es la representación de un fresco del siglo XIII en la capilla francesa de Plaincourault, donde aparecen Adán y Eva rodeando el Árbol del Conocimiento con el característico aspecto y forma de una amanita muscaria por la que asciende una serpiente.

                                             
JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO
(Extracto del libro BOTÁNICA SAGRADA)

 

Enteógenos, laberintos y minotauros

Enteógenos, laberintos y minotauros

La identificación con la mente produce un opaco muro de conceptos, etiquetas, imágenes, palabras, juicios y definiciones que bloquean toda verdadera percepción de la realidad. Ese muro se interpone entre tú y tú esencia, entre tú y tú prójimo, entre tú y la naturaleza, entre tú y lo divino; ese muro crea la ilusión de separación, la ilusión de que tú y lo «otro» estáis totalmente separados. Así se te olvida el hecho esencial de que, debajo del nivel de las apariencias físicas y de las formas separadas, eres uno con toda la Creación. La libertad comienza cuando el muro desaparece, cuando la mente se aquieta y da paso a niveles más profundos de conciencia y la realidad se percibe directamente. Este muro es una estructura férrea, petrificada en el tiempo y consensuada por la sociedad que la fomenta. Es el resultado de años y años de estructurar, interpretar y definir la realidad que vivimos. Estos muros forman un intrincado y complejo laberinto que con el tiempo van encerrando al individuo y distanciándolo de su Ser. Pero utilizando el hilo de Ariadna adecuado, se puede uno liberar y salir fuera de sus asfixiantes muros del ego. Este vetusto laberinto contiene entre sus paredes al terrible Minotauro. Esa criatura mítica que habita encerrada entre los muros mentales que construimos día a día y que está formada por la sombra psicológica.

LA SOMBRA PSICOLÓGICA

La sombra son todas las emociones, deseos y creencias reprimidas, ocultas y olvidadas en lo más profundo del laberinto que se han ido tornando monstruosas e inaceptables. Cuando el pensamiento se aquieta, se experimenta una discontinuidad en la corriente mental, una brecha de «no-mente», este es el sendero o hilo de Ariadna que conduce a la libertad, al estado de Verdadera Naturaleza o rigpa. En este estado se desidentifica uno de todo el aparataje mental. En este estado se produce la conexión interna y se está más despierto y lúcido que en el estado de identificación mental habitual. Uno está plenamente presente experimentando el Aquí y Ahora con toda su plenitud. El hecho de disolver los muros hace que aparezca el temido y hasta entonces oculto Minotauro personal. Esta parte de nosotros ha de ser vivida para que se integre y se experimente la libertad total en el Aquí y Ahora. De esta manera recuperamos todo nuestro potencial como individuos sin un lastre oculto dentro de nosotros que sirva para crear muros que nos impida vivir en armonía con todo cuanto nos rodea. Esto nos conduce hacia la trascendencia de nuestra propia ceguera, hacia un estado de claridad y a la vivencia de una conciencia más allá de los límites autoimpuestos por nosotros mismos en el pasado.

Hay muchas técnicas para conseguir poco a poco llegar a dicho estado trascendente. Desde la meditación zen, el budismo vajrayana, el shaivismo de Kachemir, las danzas sufies, etc. Todas estas técnicas van disolviendo los muros lentamente permitiendo ir integrando al escurridizo Minotauro. Pero hay una herramienta muy poderosa para disolver el muro y encarar nuestra sombra muy rápidamente, se trata de los enteógenos. Los enteógenos son una de las herramientas naturales más poderosas para derribar los muros de la mente. Utilizados desde hace milenios por el ser humano para conseguir estados trascendentes y traspasar las barreras de la mente. Han recibido gran número de nombres: plantas maestras, plantas de los dioses, plantas sagradas, plantas de poder, plantas mágicas, plantas luminosas, plantas visionarias, plantas de luz, plantas alucinógenas, plantas enteógenas, plantas psiquedélicas, plantas psicotrópicas, etc. Los enteógenos son sustancias de origen vegetal que contienen alcaloides, moléculas muy similares e incluso algunas exactamente idénticas a los neurotransmisores que produce el cerebro humano (como el DMT). Los alcaloides actúan directamente en el sistema nervioso y endocrino produciendo determinados y complejos cambios bioquímicos relacionados con nuestra forma de pensar, sentir y percibir. Cuando ampliamos la conciencia por medio de los enteógenos, estos nos ayudan a disolver las barreras mentales, las creencias y las actitudes defensivas que nos mantienen identificados con una máscara superficial e irreal frente al mundo. El laberinto de la mente delimita el espacio y el tiempo, nos mantiene atrapados entre sus sólidos límites filtrando la realidad y empobreciendo nuestras vidas. Esto produce una preocupación interminable por el pasado y el futuro, y una falta de disposición a experimentar y reconocer el momento presente y permitir que sea tal cual es. La neurosis surge porque el pasado te da una identidad y el futuro contiene expectativas de algún tipo. Ambas son poderosas ilusiones.

LOS ENTEÓGENOS Y EL HILO DE ARIADNA

Los enteógenos actúan como el hilo de Ariadna que nos saca de la dimensión temporal y nos conducen a experimentar el eterno presente -el Aquí y Ahora- y ayudan a conocer nuestra esencia o verdadera identidad. Nos llevan directamente a la entrega y a la rendición plena a lo que está profundamente oculto en nuestro interior. Nos incitan a confiar en que nuestro Ser Verdadero que está más allá de la mente y trasciende todos sus laberínticos pasajes y sus terribles Minotauros. Con el tiempo, este encuentro con la esencia interna o Ser Verdadero que nos brindan los enteógenos se irá manifestando en lo cotidiano. Lentamente descubriremos como estamos unidos a todo cuanto nos rodea y que toda etiqueta, división o juicio es un producto de la mente para encasillarnos en una realidad ya establecida y consensuada. Poco a poco el Ser Verdadero va impregnando todos los actos de nuestra vida dándonos la seguridad y confianza de que todo está perfecto viviendo el Aquí y Ahora con toda su plenitud. Gracias al correcto uso de los enteógenos (yo recomiendo su uso siempre bajo la guía de una persona experta) podemos aprender a vivir en armonía fuera del laberinto en la libertad total.  

JOSÉ LUIS LÓPEZ DEÑGADO
(Artículo publicado en la revista ESPACIO HUMNANO Nº 123)

Conciencia y realidad

Conciencia y realidad

Conciencia y realidad son simultáneas. Siendo la conciencia la contenedora y creadora de la realidad que experimentamos. Nuestras suposiciones cotidianas sobre la naturaleza de la realidad son de gran utilidad a la hora de interactuar y desenvolvernos en el entorno que nos rodea. Pero en nuestro intento de lograr una percepción estable, continuamente hacemos una interpretación del mundo que nos rodea, reduciendo nuestra conciencia. Establecemos un diálogo interno: un discurso ininterrumpido para reafirmar la realidad tal cual la percibimos. Pero estas concepciones constituyen con frecuencia infranqueables barreras que obstaculizan otras formas de interpretación o percepción de la realidad, formas que pueden conducirnos a la posibilidad de ampliar nuestra conciencia a otros niveles muy diferentes del cotidiano. Desde el orden social, en un amplio abanico que se despliega desde lo institucional y lo colectivo hasta lo familiar y lo individual, nos imponen, y nos imponemos a nosotros mismos también, límites para crear un marco de estabilidad en el que desenvolvernos, actuando por lo tanto dentro de dichos límites impuestos. Así establecemos los parámetros de una realidad fija, sólida y tangible. Si un objeto o una determinada percepción no encajan en nuestro conjunto de categorías impuestas tendemos a ignorarlo, hasta el punto de negar su existencia. Vivimos así con la conciencia limitada por nuestras creencias y pensamientos condicionados. Y nos resulta muy difícil alterar o cambiar nuestras suposiciones, aun cuando se nos presenten evidencias contundentes. Para poder lograr un cierto grado de estabilidad en nuestra apreciación del mundo tenemos que pagar un precio: una ceguera cognitiva o perceptiva respecto a ciertos aspectos de la realidad, manteniendo en consecuencia una gran resistencia tanto a nueva información como al modo de percibirla. En definitiva, sólo reconocemos aquello que ya estamos preparados para ver.

EL ESPECTRO DE LA LUZ

Mantenemos la creencia de que todo cuanto nos rodea es tal cual lo percibimos y de que, además, sólo existe eso mismo que percibimos. Compartimos la realidad con nuestros semejantes, con nuestros animales de compañía y con las plantas. Pero, ¿acaso un gato no tiene un espectro audible muchísimo mayor que el del oído humano, que se encuentra entre los 16 y 22.000 hertzios? El ojo humano carece de sensibilidad para captar longitudes de onda inferiores a 380 nanómetros y superiores a los 780. En consecuencia sólo reconocemos los colores correspondientes a la banda del espectro de la luz blanca, y lo que está fuera de ella constituye un mundo oculto que se escapa a nuestra percepción. Del abrumador exceso de información que recibimos en cada momento, realizamos una selección a través de los sentidos, que ejercen un proceso de filtrado con múltiples niveles y que, principalmente, sólo dejan pasar aquellos estímulos relacionados con la supervivencia y a los que solemos prestar mayor atención. A partir de esa información ya filtrada procedemos a elaborar, a consensuar un concepto de realidad estable. Para que tenga sentido esta información, que se origina del aparente e incomprensible caos y del abrumador exceso perceptivo, nuestros órganos de los sentidos captan tan solo la parte de la información que el encéfalo puede modificar y clasificar con facilidad. Este conjunto de inputs, de datos sensoriales, se coteja con la memoria de experiencias anteriores y con las expectativas futuras hasta que, finalmente, nuestro espectro de conciencia es construido como  «la mejor suposición» sobre la realidad.

LA DIVISIÓN DE LA REALIDAD

Esta realidad que interpretamos como la única posible se designa como el tonal en la filosofía tolteca descrita por Carlos Castaneda, mientras que la realidad no ordinaria, desconocida, se designa como el nagual. Para los brujos toltecas la conciencia en toda su plenitud abarcaría tanto el tonal como el nagual; y a medida que se expande nuestra conciencia hacia esa conciencia total, lo que se va revelando del nagual se va convirtiendo en lo conocido e incluso cotidiano: el nagual y el tonal pasan a unificarse en una conciencia superior. Debemos reparar constantemente en el hecho de que no percibimos todo cuanto nos rodea —ya sea en el campo visual, auditivo o a través de cualquiera del resto de sentidos de que disponemos— sino sólo una pequeña parte. Por lo tanto el nagual, como realidad no percibida habitualmente por los sentidos, nos resulta en principio inexistente por desconocido. Pero no sólo en la filosofía tolteca encontramos estas divisiones o niveles de la realidad. La mayoría de las culturas ancestrales, determinadas religiones y gran número de filosofías esotéricas afirman también que existen otros muchos niveles del mundo, intercomunicados y superpuestos al nuestro. También nos enseñan que dichos planos son accesibles, que podemos percibirlos con determinadas herramientas, en determinados contextos o recibiendo un entrenamiento adecuado. De hecho, para poder experimentar dichos planos tan sólo debemos modificar nuestro estado de conciencia habitual. Al cambiar nuestro estado de conciencia, como si del dial de una radio se tratase, podremos percibir otros niveles de la realidad que jamás hubiéramos sospechado que existían. Al modificar la conciencia podemos percibir niveles de la realidad que antes nos resultaban prácticamente invisibles.  

LA ILUSIÓN DE MAYA

Normalmente consideramos a los sentidos como nuestras  «ventanas» al mundo pero, aunque resulte válida, esta concepción no es del todo cierta, teniendo en cuenta que una de las funciones principales de los sistemas sensoriales consiste precisamente en descartar la información considerada inútil e irrelevante para la supervivencia; por lo tanto, sería más exacto denominar a los sentidos como las  «ventanas con persianas» o  «válvulas graduables» que se encargan de protegernos de la abrumadora masa de estímulos que no son prácticos para la vida diaria. La filosofía hindú designa con el término maya a la ilusión de creer que el mundo es tal como lo percibimos, ilusión en la que vivimos en vez de comprender que aquello que tomamos por realidad tan sólo son conceptos creados por nuestra mente discursiva, que moldean y dan forma a la realidad que percibimos. El Sâmkhya-Yoga considera la liberación de maya como un «despertar». El ser despierto por excelencia, el Buda, posee la conciencia absoluta: aquel que ha alcanzado la iluminación. Cuando la conciencia abarca toda su totalidad se vuelve consciente del lado oculto del Ser y, por lo tanto, al poder «verlo», éste se considera «iluminado». Es el estado de iluminación o estado de budeidad, considerado en el budismo como un logro a ser alcanzado por cualquier persona que quiera evolucionar. El hinduismo sostiene así que todas las formas y estructuras que nos rodean son creadas por la mente humana bajo el hechizo de maya, y considera que conceder un significado veraz a estas percepciones es una ilusión o espejismo. Esta ilusión se conoce como avidya —ignorancia,— y se considera un estado mental de ceguera o confusión que se debe superar. A causa de esta ignorancia dividimos el mundo en parcelas individuales y separadas, intentando confinar de este modo el fluir de la realidad en categorías fijas o determinadas, creadas por la mente racional. Mantenemos nuestro concepto del «yo» como algo separado de los demás y de todo cuanto nos rodea; y desde este «yo» cada sujeto se considera a sí mismo como individuo único y diferente del resto, teniendo las “ventanas” prácticamente cerradas ante la verdadera realidad.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

La noche oscura del alma

La noche oscura del alma

La mayoría de las personas no suelen pensar en las experiencias oscuras, terroríficas o caóticas como transformadoras, y sin embargo, muy a menudo sí lo son. En algunas ocasiones, determinadas visiones estremecedoras, estados de terror o un dolor profundo y devastador, son formas de estados alterados de conciencia de carácter transpersonal y espiritual. Son sólo nuestros prejuicios, estereotipos y fantasías los que nos dicen que las experiencias místicas son todas brillantes, gozosas y extáticas. En ocasiones dichas experiencias de los inframundos van acompañadas de notables cambios en la vida del propio individuo y pueden producir importantes estados de claridad. Pueden ofrecer una comprensión profunda del sufrimiento, la impermanencia y la muerte, entre muchas otras cosas. El hecho es que esos encuentros infernales, en muchas ocasiones no son tan diferentes de otras formas de experiencia mística, tal y como muestran las enseñanzas del Bardo en la tradición vajrayana del budismo tibetano. San Juan de la Cruz escribió una guía extraordinaria, cuyo título dio nombre a estas experiencias: La Noche Oscura del Alma.

La Noche Oscura del Alma

Sin embargo, las noches oscuras también contienen luz al igual que detrás de las nubes brillan las estrellas. Ya sea que se experimente un abismo o una total desolación, es momento de esperar, y confiar en que lo inevitable del cambio, a medida que se desarrolle, traerá alivio, toma de conciencia y un nuevo sentido. La voluntad de aceptar el dolor o lo que nuestros prejuicios rechazan facilita la transformación y la reestructuración: El proceso autopoiético. En las noches oscuras tú puedes sentir que experimentas una especie de muerte o desintegración, dado que tu identidad (lo que crees que eres) o tu forma de ver la vida comienzan a ser obsoletas. Se abre un espacio entre lo que ha sido y lo que será. Este espacio puede parecer caótico, pero las teorías contemporáneas sobre la física del caos reconocen el potencial de transformación que tiene. Si se deja fluir al caos, sin interferencias, terminará apareciendo un nuevo orden. El miedo puede surgir en cualquier momento, pero es cuando uno se acerca a un cambio de nivel cuando suele surgir con mayor intensidad y se vive un momento crítico.

Es normal que en un estado de trance donde se amplifican las emociones, el miedo se experimente muy exageradamente, ya que cada paso de nivel puede vivirse como una pequeña muerte. Cada trauma, bloqueo o herida emocional adquirido a lo largo de la vida son un síntoma reiterado del dolor que nos produjo la separación de la Unidad, de lo divino, y que resuena desde el momento en que nacemos. Y son estos mismos síntomas los que empujan a la persona al encuentro o búsqueda de lo sagrado. Son los síntomas los que nos orientan hacia un proceso de muerte y renacimiento, que una vez consumado produce una integración y clarificación de la experiencia y de la misma vida. Son ellos la voz de la sanación. La raíz del miedo es el dolor primordial de la humanidad que se manifiesta en las personas de muy distintas maneras, siendo provocado por la ilusión de separación de la Unidad o Flujo Universal.

Esta sensación de separación es muy dolorosa y desoladora y provoca un intenso terror. Este miedo va estructurando toda la personalidad -el ego- que huye del encuentro con la esencia del Ser, donde se restablece la conciencia de unidad. Cuando se conecta con la esencia del Ser uno se da cuenta de que no está solo y  nunca lo ha estado. En ese instante el miedo desaparece y el ego se sana, siendo un paso necesario para la expresión del Flujo Universal o Espíritu. Este dolor ancestral se manifiesta en varios tipos de miedo. Todos los miedos son «la caída», o sea la separación de lo divino, el principio del ego, la individualidad y el instinto de supervivencia y el despliegue de todos sus mecanismos de defensa psíquicos.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO