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Amanita muscaria, el abridor del ojo

Amanita muscaria, el abridor del ojo

El abridor del ojo
El hongo amanita muscaria es, probablemente, el enteógeno más antiguo que ha usado el hombre. Se trata de un hongo muy extendido por todo el mundo que suele crecer al pie de abedules, hayas, robles y abetos -ya que vive en simbiosis con las raíces de estos árboles-. La variedad de Europa, Asia y América del Norte tiene un vistoso sombrero rojo cubierto de puntos blancos, mientras que en América Central y del Sur tiene un sombrero naranja o amarillo adornado con puntos amarillentos. En Siberia se han encontrado petroglifos con unos 3.000 años de antigüedad, y se sabe con certeza que en esta región se sigue empleando en la actualidad por algunos chamanes.
La amanita muscaria es conocida por una gran variedad de nombres: falsa oronja, matamoscas u oropéndola loca (castellano), kukelto falsoa (euskera), oriol foll, reig de fageda o reig foll (catalán). Muchas lenguas célticas o del norte de Europa llaman a este hongo de diversas maneras lo relacionan con los sapos, como en ingles toadtool (asiento del sapo) o ha ma chun en china. En Afganistán, se consume un extracto seco de amanita muscaria, que tiene el nombre de tshashm baskon (el abridor del ojo) haciendo referencia a sus cualidades visionarias al estimular la apertura del tercer ojo o glándula pineal.

Psicoactividad
El principal componente psicoactivo de la amanita muscaria es el ácido iboténico que se transforma en muscimol cuando los hongos se han secado. El muscimol no provoca efectos desagradables en el cuerpo, mientras que el ácido iboténico sí los produce. Otro alcaloide de la amanita muscaria es la muscarina, que también produce algunos efectos secundarios desagradables, como vómitos y espasmos estomacales. Existen gran variedad de informes sobre el consumo de amanita muscaria en los que se describe el añadido de algunas plantas que atenúan o eliminan dichos efectos desagradables, como la hierba de San Antonio o epilobo (epilobium angustifolium). La mala fama de hongo mortal es infundada, no siendo así como sucede en el caso de sus parientes más cercanos del mismo género: la amanita phalloides o «cáliz de la muerte» y la amanita virosa o «ángel exterminador».

Caleidoscopia, microscopia y macroscopia
La amanita muscaria es una poderosa llave hacia el mundo del inconsciente, el terreno onírico, donde habitan infinidad de seres de fantasía, resonadores arquetípicos de nuestras proyecciones psíquicas. Aunque los enteógenos no producen siempre los mismos efectos en cada individuo –influye la dosis, el contexto o la sensibilidad de cada individuo– podemos enumerar varios efectos de los más comunes en la experiencia al ingerir amanita muscaria que se desarrollan en diferentes fases.
El individuo bajo los efectos del hongo amanita muscaria se ve invadido por una sensación de embriaguez, que produce una gran euforia y sensación de fortaleza física, y pueden ir acompañadas de mareos y vértigos, ya que las dimensiones espaciales se distorsionan considerablemente produciendo la percepción de que los objetos se agrandan (macroscopia) o se encogen (microscopia). También aparecen vistosas y brillantes figuras caleidoscópicas al cerrar los ojos. El mundo físico que le rodea a uno se torna brillante, rebosante de vida, como si hubiera adquirido un matiz mágico. En otras ocasiones el sujeto se ve invadido por una gran somnolencia que puede dar paso a un estado profundamente visionario similar al producido por la ayahuasca o los hongos psilocíbicos.

Ritos e identidades sagradas
En Asia encontramos referencias a la amanita muscaria como posible identidad de la divinidad Soma: el dios-planta védico de los pueblos indo-arios. Las investigaciones realizadas por R. G. Wasson, relacionando el consumo de orina por los participantes de los ritos, su mezcla con leche, su color rojizo y las descripciones como planta sin raíces ni hojas, permiten a establecer la hipótesis de que Soma es sinónimo de la amanita muscaria. Además, en los textos del Rig Veda el Soma aparece también estrechamente asociado con Indra, el dios védico del trueno y el rayo, que nos indica una mitología siempre vinculada a los hongos enteógenos. Significativamente, los siberianos consumen amanita muscaria secando los hongos al sol y se los comen, solos o mezclados con agua, leche de reno o el jugo de varias plantas dulces. 

También se conoce el uso de amanita muscaria entre algunos pueblos de América del norte y Canadá, como los ojibwa o los dogrid athabascan. En la América Central precolombina, los mayas de México y Guatemala conocían las propiedades visionarias de la amanita muscaria y la llamaban kakuljá-ikox («hongo del rayo» en lengua maya-quiché) y yuy chauk («hongo de los relámpagos» en lengua tzeltal). Esta asociación de un hongo con propiedades visionarias como hijo celeste del rayo o el relámpago también la encontramos presente en los hongos psilócibicos, inclusive su identificación con un dios.
El uso ancestral de la amanita muscaria en Europa está ligado a la tradición de los druidas celtas, que la ingerían como extracto visionario para adquirir sabiduría y conocimiento acerca de la naturaleza y sus misterios. Este uso fue extinguiéndose paulatinamente a medida que el cristianismo iba diezmando todo conocimiento precristiano, tachándolo de diabólico o pagano. El legado de los druidas supuso un profundo uso de las plantas, tanto visionarias como medicinales: un conocimiento chamánico que hasta la Edad Media mantuvieron vigente algunos depositarios de tal sabiduría, conocidos popularmente como brujas o hechiceras, hasta su sistemático exterminio por la Inquisición.
Algunas muestras de esa sabiduría ancestral de carácter mágico y visionario de la naturaleza las encontramos reflejadas en el arte románico europeo a modo de sincretismo cultural. Dos grandes investigadores italianos, Giorgio Samorini  y Gianluca Toro, han reseñado numerosas imágenes del arte religioso cristiano donde aparece una gran cantidad de hongos o árboles-hongos. Uno de los múltiples ejemplos que ha llegado hasta nuestros días, es la representación de un fresco del siglo XIII en la capilla francesa de Plaincourault, donde aparecen Adán y Eva rodeando el Árbol del Conocimiento con el característico aspecto y forma de una amanita muscaria por la que asciende una serpiente.

Plaincourault 1       
                                             
JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO
(Extracto del libro BOTÁNICA SAGRADA)

 

Enteógenos, laberintos y minotauros

Enteógenos, laberintos y minotauros

La identificación con la mente produce un opaco muro de conceptos, etiquetas, imágenes, palabras, juicios y definiciones que bloquean toda verdadera percepción de la realidad. Ese muro se interpone entre tú y tú esencia, entre tú y tú prójimo, entre tú y la naturaleza, entre tú y lo divino; ese muro crea la ilusión de separación, la ilusión de que tú y lo «otro» estáis totalmente separados. Así se te olvida el hecho esencial de que, debajo del nivel de las apariencias físicas y de las formas separadas, eres uno con toda la Creación.

La libertad comienza cuando el muro desaparece, cuando la mente se aquieta y da paso a niveles más profundos de conciencia y la realidad se percibe directamente. Este muro es una estructura férrea, petrificada en el tiempo y consensuada por la sociedad que la fomenta. Es el resultado de años y años de estructurar, interpretar y definir la realidad que vivimos. Estos muros forman un intrincado y complejo laberinto que con el tiempo van encerrando al individuo y distanciándolo de su Ser. Pero utilizando el hilo de Ariadna adecuado, se puede uno liberar y salir fuera de sus asfixiantes muros del ego.

Este vetusto laberinto contiene entre sus paredes al terrible Minotauro. Esa criatura mítica que habita encerrada entre los muros mentales que construimos día a día y que está formada por la sombra psicológica. La sombra son todas las emociones, deseos y creencias reprimidas, ocultas y olvidadas en lo más profundo del laberinto que se han ido tornando monstruosas e inaceptables.

Cuando el pensamiento se aquieta, se experimenta una discontinuidad en la corriente mental, una brecha de «no-mente», este es el sendero o hilo de Ariadna que conduce a la libertad, al estado de Verdadera Naturaleza o rigpa. En este estado se desidentifica uno de todo el aparataje mental. En este estado se produce la conexión interna y se está más despierto y lúcido que en el estado de identificación mental habitual. Uno está plenamente presente experimentando el Aquí y Ahora con toda su plenitud.

El hecho de disolver los muros hace que aparezca el temido y hasta entonces oculto Minotauro personal. Esta parte de nosotros ha de ser vivida para que se integre y se experimente la libertad total en el Aquí y Ahora. De esta manera recuperamos todo nuestro potencial como individuos sin un lastre oculto dentro de nosotros que sirva para crear muros que nos impida vivir en armonía con todo cuanto nos rodea.

Esto nos conduce hacia la trascendencia de nuestra propia ceguera, hacia un estado de claridad y a la vivencia de una conciencia más allá de los límites autoimpuestos por nosotros mismos en el pasado.

 

Hay muchas técnicas para conseguir poco a poco llegar a dicho estado trascendente. Desde la meditación zen, el budismo vajrayana, el shaivismo de Kachemir, las danzas sufies, etc. Todas estas técnicas van disolviendo los muros lentamente permitiendo ir integrando al escurridizo Minotauro. Pero hay una herramienta muy poderosa para disolver el muro y encarar nuestra sombra muy rápidamente, se trata de los enteógenos.

Los enteógenos son una de las herramientas naturales más poderosas para derribar los muros de la mente. Utilizados desde hace milenios por el ser humano para conseguir estados trascendentes y traspasar las barreras de la mente.

Han recibido gran número de nombres: plantas maestras, plantas de los dioses, plantas sagradas, plantas de poder, plantas mágicas, plantas luminosas, plantas visionarias, plantas de luz, plantas alucinógenas, plantas enteógenas, plantas psiquedélicas, plantas psicotrópicas, etc.

Los enteógenos son sustancias de origen vegetal que contienen alcaloides, moléculas muy similares e incluso algunas exactamente idénticas a los neurotransmisores que produce el cerebro humano (como el DMT). Los alcaloides actúan directamente en el sistema nervioso y endocrino produciendo determinados y complejos cambios bioquímicos relacionados con nuestra forma de pensar, sentir y percibir.

Cuando ampliamos la conciencia por medio de los enteógenos, estos nos ayudan a disolver las barreras mentales, las creencias y las actitudes defensivas que nos mantienen identificados con una máscara superficial e irreal frente al mundo. El laberinto de la mente delimita el espacio y el tiempo, nos mantiene atrapados entre sus sólidos límites filtrando la realidad y empobreciendo nuestras vidas.

Esto produce una preocupación interminable por el pasado y el futuro, y una falta de disposición a experimentar y reconocer el momento presente y permitir que sea tal cual es. La neurosis surge porque el pasado te da una identidad y el futuro contiene expectativas de algún tipo. Ambas son poderosas ilusiones.

Los enteógenos actúan como el hilo de Ariadna que nos saca de la dimensión temporal y nos conducen a experimentar el eterno presente -el Aquí y Ahora- y ayudan a conocer nuestra esencia o verdadera identidad. Nos llevan directamente a la entrega y a la rendición plena a lo que está profundamente oculto en nuestro interior. Nos incitan a confiar en que nuestro Ser Verdadero que está más allá de la mente y trasciende todos sus laberínticos pasajes y sus terribles Minotauros.

Con el tiempo, este encuentro con la esencia interna o Ser Verdadero que nos brindan los enteógenos se irá manifestando en lo cotidiano. Lentamente descubriremos como estamos unidos a todo cuanto nos rodea y que toda etiqueta, división o juicio es un producto de la mente para encasillarnos en una realidad ya establecida y consensuada. Poco a poco el Ser Verdadero va impregnando todos los actos de nuestra vida dándonos la seguridad y confianza de que todo está perfecto viviendo el Aquí y Ahora con toda su plenitud. Gracias al correcto uso de los enteógenos (yo recomiendo su uso siempre bajo la guía de una persona experta) podemos aprender a vivir en armonía fuera del laberinto en la libertad total.

 

José Luis López Delgado
(Artículo publicado en la revista ESPACIO HUMNANO Nº 123)

Conciencia y realidad

Conciencia y realidad

Nuestras suposiciones cotidianas sobre la naturaleza de la realidad son de gran utilidad a la hora de interactuar y desenvolvernos en el entorno que nos rodea. En nuestro intento de lograr una percepción estable, continuamente hacemos una interpretación del mundo que nos rodea. Establecemos un diálogo interno: un discurso ininterrumpido para reafirmar la realidad tal cual la percibimos. Pero estas concepciones constituyen con frecuencia barreras que obstaculizan otras formas de interpretación o percepción de la realidad, formas que pueden conducirnos a la posibilidad de ampliar nuestra conciencia a otros niveles muy diferentes del cotidiano.

Desde el orden social, en un amplio abanico que se despliega desde lo institucional y lo colectivo hasta lo familiar y lo individual, nos imponen, y nos imponemos a nosotros mismos también, límites para crear un marco de estabilidad en el que desenvolvernos, actuando por lo tanto dentro de dichos límites impuestos. Así establecemos los parámetros de una realidad fija, sólida y tangible. Si un objeto o una determinada percepción no encajan en nuestro conjunto de categorías impuestas tendemos a ignorarlo, hasta el punto de negar su existencia.

Vivimos así con la conciencia limitada por nuestras creencias y pensamientos condicionados. Y nos resulta muy difícil alterar o cambiar nuestras suposiciones, aun cuando se nos presenten evidencias contundentes. Para poder lograr un cierto grado de estabilidad en nuestra apreciación del mundo tenemos que pagar un precio: una ceguera cognitiva o perceptiva respecto a ciertos aspectos de la realidad, manteniendo en consecuencia una gran resistencia tanto a nueva información como al modo de percibirla. En definitiva, sólo reconocemos aquello que ya estamos preparados para ver.

EL ESPECTRO DE LA LUZ

Mantenemos la creencia de que todo cuanto nos rodea es tal cual lo percibimos y de que, además, sólo existe eso mismo que percibimos. Compartimos la realidad con nuestros semejantes, con nuestros animales de compañía y con las plantas. Pero, ¿acaso un gato no tiene un espectro audible muchísimo mayor que el del oído humano, que se encuentra entre los 16 y 22.000 hertzios? El ojo humano carece de sensibilidad para captar longitudes de onda inferiores a 380 nanómetros y superiores a los 780. En consecuencia sólo reconocemos los colores correspondientes a la banda del espectro de la luz blanca, y lo que está fuera de ella constituye un mundo oculto que se escapa a nuestra percepción.

Del abrumador exceso de información que recibimos en cada momento, realizamos una selección a través de los sentidos, que ejercen un proceso de filtrado con múltiples niveles y que, principalmente, sólo dejan pasar aquellos estímulos relacionados con la supervivencia y a los que solemos prestar mayor atención. A partir de esa información ya filtrada procedemos a elaborar, a consensuar un concepto de realidad estable. Para que tenga sentido esta información, que se origina del aparente e incomprensible caos y del abrumador exceso perceptivo, nuestros órganos de los sentidos captan tan solo la parte de la información que el encéfalo puede modificar y clasificar con facilidad. Este conjunto de inputs, de datos sensoriales, se coteja con la memoria de experiencias anteriores y con las expectativas futuras hasta que, finalmente, nuestro espectro de conciencia es construido como  «la mejor suposición» sobre la realidad.

LA DIVISIÓN DE LA REALIDAD

Esta realidad que interpretamos como la única posible se designa como el tonal en la filosofía tolteca descrita por Carlos Castaneda, mientras que la realidad no ordinaria, desconocida, se designa como el nagual. Para los brujos toltecas la conciencia en toda su plenitud abarcaría tanto el tonal como el nagual; y a medida que se expande nuestra conciencia hacia esa conciencia total, lo que se va revelando del nagual se va convirtiendo en lo conocido e incluso cotidiano: el nagual y el tonal pasan a unificarse en una conciencia superior.

Debemos reparar constantemente en el hecho de que no percibimos todo cuanto nos rodea —ya sea en el campo visual, auditivo o a través de cualquiera del resto de sentidos de que disponemos— sino sólo una pequeña parte. Por lo tanto el nagual, como realidad no percibida habitualmente por los sentidos, nos resulta en principio inexistente por desconocido.

Pero no sólo en la filosofía tolteca encontramos estas divisiones o niveles de la realidad. La mayoría de las culturas ancestrales, determinadas religiones y gran número de filosofías esotéricas afirman también que existen otros muchos niveles del mundo, intercomunicados y superpuestos al nuestro. También nos enseñan que dichos planos son accesibles, que podemos percibirlos con determinadas herramientas, en determinados contextos o recibiendo un entrenamiento adecuado. De hecho, para poder experimentar dichos planos tan sólo debemos modificar nuestro estado de conciencia habitual. Al cambiar nuestro estado de conciencia, como si del dial de una radio se tratase, podremos percibir otros niveles de la realidad que jamás hubiéramos sospechado que existían. Al modificar la conciencia podemos percibir niveles de la realidad que antes nos resultaban prácticamente invisibles.

 

LA ILUSIÓN DE MAYA

Normalmente consideramos a los sentidos como nuestras  «ventanas» al mundo pero, aunque resulte válida, esta concepción no es del todo cierta, teniendo en cuenta que una de las funciones principales de los sistemas sensoriales consiste precisamente en descartar la información considerada inútil e irrelevante para la supervivencia; por lo tanto, sería más exacto denominar a los sentidos como las  «ventanas con persianas» o  «válvulas graduables» que se encargan de protegernos de la abrumadora masa de estímulos que no son prácticos para la vida diaria.

La filosofía hindú designa con el término maya a la ilusión de creer que el mundo es tal como lo percibimos, ilusión en la que vivimos en vez de comprender que aquello que tomamos por realidad tan sólo son conceptos creados por nuestra mente discursiva, que moldean y dan forma a la realidad que percibimos. El Sâmkhya-Yoga considera la liberación de maya como un «despertar». El ser despierto por excelencia, el Buda, posee la conciencia absoluta: aquel que ha alcanzado la iluminación. Cuando la conciencia abarca toda su totalidad se vuelve consciente del lado oculto del Ser y, por lo tanto, al poder «verlo», éste se considera «iluminado». Es el estado de iluminación o estado de budeidad, considerado en el budismo como un logro a ser alcanzado por cualquier persona que quiera evolucionar.

El hinduismo sostiene así que todas las formas y estructuras que nos rodean son creadas por la mente humana bajo el hechizo de maya, y considera que conceder un significado veraz a estas percepciones es una ilusión o espejismo. Esta ilusión se conoce como avidya —ignorancia,— y se considera un estado mental de ceguera o confusión que se debe superar. A causa de esta ignorancia dividimos el mundo en parcelas individuales y separadas, intentando confinar de este modo el fluir de la realidad en categorías fijas o determinadas, creadas por la mente racional. Mantenemos nuestro concepto del «yo» como algo separado de los demás y de todo cuanto nos rodea; y desde este «yo» cada sujeto se considera a sí mismo como individuo único y diferente del resto, teniendo las “ventanas” prácticamente cerradas ante la verdadera realidad.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

La Alquimia Interior a través de las Plantas Sagradas

La Alquimia Interior a través de las Plantas Sagradas

Homero narra cómo los dioses, los héroes y sus caballos se alimentaban de ambrosía, el néctar de la inmortalidad. Su consumo era un privilegio exclusivo de los dioses. El mortal que se apoderara de ella, como ocurrió con Tántalo, sufriría el castigo de ser perpetuamente privado de ella. Sólo cuando los dioses lo desean pueden compartir su privilegio con los mortales y elevarlos a una condición sobrehumana. El dios griego Dionisos, divinidad de la vid, la embriaguez y el éxtasis, fue maldecido por los dioses por ofrecerles a los seres mortales sus virtudes extáticas y acercarles a la condición divina.

A menudo, en los relatos mitológicos los frutos del Árbol Sagrado dan la inmortalidad o bien es a sus pies donde crecen los frutos de los que se extrae la ambrosía. Un extendido ejemplo lo constituye el hongo enteógeno amanita muscaria o agárico matamoscas, considerado como dador de la inmortalidad en el chamanismo siberiano y otros pueblos que lo consumían ritualmente. En la antigua china se usaba la amanita muscaria mezclada con ginseng como elixir de la inmortalidad.

La alquimia interior a través de las Plantas Sagradas, hace referencia a una forma de desarrollo espiritual en la que el propósito último no es abandonar toda conexión con el mundo físico y experimentar otros niveles de la realidad, sino que trata de construir un vehículo en el que la plenitud y grandeza del espíritu pueda experimentarse permanentemente, incluso mientras se vive en el mundo físico. De ahí que a estas plantas de uso milenario se les otorgue el apelativo de alimento de los dioses o de elixires de la inmortalidad.  Este cuerpo de inmortalidad (cuando lo divino se ha fusionado con lo terreno) se corresponde con lo que la tradición cristiana ha denominado cuerpo de gloria y con el merkabah de la tradición kabalista. Es semejante en muchos aspectos, sino idéntico, al lapis philosophorum o piedra filosofal de los alquimistas o al Grial, eje central la tradición esotérica y mística occidental y que ya deja entrever la importancia de la comunión como eje que une lo profano con lo sagrado.

El desarrollo espiritual se ha descrito en infinidad de ocasiones como una lucha, y ciertamente se requiere de un esfuerzo y un profundo compromiso consigo mismo, pero la principal arma en esta paradójica lucha es fluir, rendirse al propio universo, rendirse al Gran Misterio, al Tao a la Fuente de toda la Creación. El buscador del espíritu es un guerrero espiritual que fluye en armonía con el Universo. Es el héroe que se deja llevar por su destino -sintonizado por la corriente universal-, así, de este modo el guerrero espiritual descubre su Ser Inmortal o la Totalidad de su Ser.

Con esta perspectiva de transformación, no es apropiado batallar, luchar o forzar nada. De hacerlo así, se estaría operando desde el ego, esto es, desde dicha fracción de uno mismo con la que se defiende y analiza, esa estructura psíquica que no cesa de hablar en el interior de la cabeza en todo momento interfiriendo constantemente en el fluir del cosmos. Todos hemos sido condicionados desde muy temprana edad a hacerlo todo desde la mente egoica. Por lo tanto, si tratamos de “hacer” desde la forma de percepción habitual, es probable que permanezcamos atrapados en la mente discursiva, un nivel inadecuado para cualquier tipo de percepción fuera del espectro de la realidad ordinaria consensuada.

Si dejamos de hacer (técnicas del no hacer en la filosofía tolteca enseñada por Carlos Castaneda o Wu Wei en el taoísmo) podremos adentrarnos en el momento presente, vivirlo en su totalidad, con la totalidad de nuestro ser. Estaremos completamente conscientes o lo que es lo mismo: simplemente Somos. Permitámonos que lo que está escondido en las profundidades emerja y sea revelado a nuestra conciencia. No hagamos nada, dejemos que las cosas sucedan. Fluyamos con lo que surja en el momento, el universo nos está hablando, nos está guiando.

En el mundo físico -el tonal-, cuando se desea algo hay que luchar para conseguirlo. Pero en los mundos sutiles del nagual, esa otra realidad mágica e invisible, todo está invertido, como si fuera el otro lado del espejo. Si se quiere algo, hay que dejar que llegue. Limitándonos a estar conscientes y confiar, todo sucederá.

Las herramientas que nos brinda la naturaleza para nuestro desarrollo evolutivo son múltiples y muy variadas. Pero las Plantas Maestras o Aliadas, consideradas como sagradas en la mayoría de culturas y pueblos que las han usado, son sin duda alguna la más poderosa e intensa herramienta para la exploración de los mundos internos. El sacramento de la Comunión, sólo adquiere sentido cuando se comulga con una sustancia que realmente nos capacita para conectar con lo divino, de ahí su nombre cada vez más generalizado de estas plantas: enteógeno que significa revelador del dios interior. Entre estos catalizadores naturales de lo divino más conocidos encontramos la Ayahuasca, Teonánnacalt, Peyote, Amanita Muscaria, Salvia Divinorum, san Pedro, etc.

Antiguamente solo los iniciados podían acceder a la comunión con plantas sagradas. Tras la iniciación le seguían diversas técnicas de de meditación, respiración y ayunos que favorecían la integración y comprensión de las experiencias al comulgar con Plantas Sagradas.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

 

La noche oscura del alma

La noche oscura del alma

La mayoría de las personas no suelen pensar en las experiencias oscuras, terroríficas o caóticas como transformadoras, y sin embargo, muy a menudo sí lo son. En algunas ocasiones, determinadas visiones estremecedoras, estados de terror o un dolor profundo y devastador, son formas de estados alterados de conciencia de carácter transpersonal y espiritual. Son sólo nuestros prejuicios, estereotipos y fantasías los que nos dicen que las experiencias místicas son todas brillantes, gozosas y extáticas.

En ocasiones dichas experiencias de los inframundos van acompañadas de notables cambios en la vida del propio individuo y pueden producir importantes estados de claridad. Pueden ofrecer una comprensión profunda del sufrimiento, la impermanencia y la muerte, entre muchas otras cosas. El hecho es que esos encuentros infernales, en muchas ocasiones no son tan diferentes de otras formas de experiencia mística, tal y como muestran las enseñanzas del Bardo en la tradición vajrayana del budismo tibetano.

San Juan de la Cruz escribió una guía extraordinaria, cuyo título dio nombre a estas experiencias: La Noche Oscura del Alma. Sin embargo, las noches oscuras también contienen luz al igual que detrás de las nubes brillan las estrellas. Ya sea que se experimente un abismo o una total desolación, es momento de esperar, y confiar en que lo inevitable del cambio, a medida que se desarrolle, traerá alivio, toma de conciencia y un nuevo sentido. La voluntad de aceptar el dolor o lo que nuestros prejuicios rechazan facilita la transformación y la reestructuración: El proceso autopoiético.

En las noches oscuras tú puedes sentir que experimentas una especie de muerte o desintegración, dado que tu identidad (lo que crees que eres) o tu forma de ver la vida comienzan a ser obsoletas. Se abre un espacio entre lo que ha sido y lo que será. Este espacio puede parecer caótico, pero las teorías contemporáneas sobre la física del caos reconocen el potencial de transformación que tiene. Si se deja fluir al caos, sin interferencias, terminará apareciendo un nuevo orden.

El miedo puede surgir en cualquier momento, pero es cuando uno se acerca a un cambio de nivel cuando suele surgir con mayor intensidad y se vive un momento crítico. Es normal que en un estado de trance donde se amplifican las emociones, el miedo se experimente muy exageradamente, ya que cada paso de nivel puede vivirse como una pequeña muerte. Cada trauma, bloqueo o herida emocional adquirido a lo largo de la vida son un síntoma reiterado del dolor que nos produjo la separación de la Unidad, de lo divino, y que resuena desde el momento en que nacemos. Y son estos mismos síntomas los que empujan a la persona al encuentro o búsqueda de lo sagrado. Son los síntomas los que nos orientan hacia un proceso de muerte y renacimiento, que una vez consumado produce una integración y clarificación de la experiencia y de la misma vida. Son ellos la voz de la sanación.

La raíz del miedo es el dolor primordial de la humanidad que se manifiesta en las personas de muy distintas maneras, siendo provocado por la ilusión de separación de la Unidad o Flujo Universal. Esta sensación de separación es muy dolorosa y desoladora y provoca un intenso terror. Este miedo va estructurando toda la personalidad -el ego- que huye del encuentro con la esencia del Ser, donde se restablece la conciencia de unidad. Cuando se conecta con la esencia del Ser uno se da cuenta de que no está solo y  nunca lo ha estado. En ese instante el miedo desaparece y el ego se sana, siendo un paso necesario para la expresión del Flujo Universal o Espíritu.

Este dolor ancestral se manifiesta en varios tipos de miedo. Todos los miedos son «la caída», o sea la separación de lo divino, el principio del ego, la individualidad y el instinto de supervivencia y el despliegue de todos sus mecanismos de defensa psíquicos.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

La nostalgia del paraíso: la búsqueda de la trascendencia

La nostalgia del paraíso: la búsqueda de la trascendencia

El doctor en medicina Andrew Weil sostiene que el impulso más importante en el ser humano es la búsqueda de la experiencia trascendental, siendo más poderoso incluso que el deseo sexual o el instinto de supervivencia. La evolución del ser humano es un sendero hacia la totalidad de la conciencia, hacia una integración de todas las partes del Ser. Un impulso vital que nos empuja hacia la comunión y la armonía con la toda la existencia. Pero si ignoramos o nos resistimos a este impulso evolutivo y no lo aceptamos seremos víctimas de las patologías psicológicas más frecuentes. Estaremos nadando a contracorriente.

Uno de los padres de la psicología transpersonal, el psiquiatra Roberto Assagioli, señala, a propósito de este impulso evolutivo, cómo a veces ocurre que una persona se ve sorprendida y perturbada por un cambio interior, y cómo dicho cambio comienza frecuentemente con un sentimiento creciente de insatisfacción y de carencia al que se le añade paulatinamente un sentimiento de irrealidad y de vacío de la vida cotidiana. Muchas personas que no entienden el significado de estos nuevos estadios de la mente los consideran como fantasías y divagaciones anormales o patológicas.

A lo largo de toda la historia de la humanidad podemos encontrar como en la mayoría de culturas tenían técnicas para acceder y explorar este impulso vital hacia la trascendencia. Estas técnicas nos inducen al trance extático, y suelen favorecer la trascendencia momentánea de la visión dual del ego, alterando nuestras percepciones y modificando la conciencia hacia otros niveles más profundos y sutiles. Con el trance dejamos el mundo ordinario, rompiendo la frontera entre la Tierra y el Cielo, entre lo profano y lo divino. La alteración del estado ordinario de conciencia constituye la esencia del trance o éxtasis, dependiendo del nivel de profundidad y disolución del ego que se alcance en la experiencia. La palabra “trance” proviene del francés transe, de transir, y ésta, a su vez, del latín transire, que significa «pasar de un lugar a otro». Y la palabra “éxtasis procede del término griego ektasis, que significa «desplazarse, alejarse de los sentidos».

Por lo tanto, podemos considerar al trance y al éxtasis como el paso de un estado ordinario de la conciencia a otro diferente. Resultando una incursión en lo desconocido y oculto de la naturaleza —tanto en el mundo interno como externo—, pudiendo alcanzar los más profundos y sutiles niveles de lo sagrado o numinoso, conocidos como trance extático o éxtasis místico.

Por medio del trance se descubre un mundo diferente, que no es ni privado ni limitado, sino transpersonal y lleno de significado: un mundo extraordinario y sagrado. A través del trance uno se desliga del tiempo ordinario y discursivo y accede al Gran Tiempo, el tiempo de los orígenes, considerado por las tradiciones como una realidad más auténtica.

Al trance debemos considerarlo como un despertar a otro nivel de la realidad, es una ampliación de la conciencia o, dicho de otro modo: un enfoque o desplazamiento focal de la conciencia. Será nuestra preparación lo que nos posibilitará el estar plenamente conscientes durante la incursión a esa realidad que hasta este momento permanecía invisible.

AL ENCUENTRO DEL PARAÍSO PERDIDO

Los aspectos mitológicos de las culturas ancestrales aportan una vía para equilibrar los factores discursivos y alienantes del presente encapsulado por el ego. Resulta extremadamente beneficioso para la psique el recurrir a los mitos del origen o mitos del tiempo primordial: la vuelta al estado de pureza del que surgió todo cuanto existe. Este contacto con el origen es un encuentro profundo, un acercamiento al arquetipo del Self, aquella parte de nosotros que siempre está en contacto con la fuente. Entre el estado primordial o estado original del mundo existe una inmensa gama de niveles intermedios hasta el nivel del mundo consciente o realidad ordinaria. En estos diferentes niveles podemos encontrar a todos los dioses, héroes y seres fantásticos de cualquier mitología en que nos fijemos.

La vuelta al paraíso del jardín del Edén es el regreso al lugar del origen, donde recuperar nuestra auténtica y más profunda naturaleza. Encontrando nuestro centro —el arquetipo del Self o de la Unidad—, podremos actuar desde él sin los miedos, ni los tabúes limitadores a que nos tiene acostumbrados el ego. Es desde el Self, el núcleo de nuestra alma, en donde surge la nostalgia del paraíso y nos embarca en una búsqueda de la felicidad primordial.

Pero el aproximarse al origen, al centro del ser, es una tarea ardua, es una heroica tarea o enfrentamiento con los obstáculos que desde la percepción del ego consideramos como terribles monstruos. Es el camino del ser, el viaje del héroe mitológico que se aleja del mundo real y cotidiano para adentrarse en el mundo de lo mágico o desconocido. Es el sendero hacia la trascendencia. Es el recorrido por los abismos y profundidades de lo inexplorado lo que hará que el héroe encuentre un maravilloso tesoro: esa joya o parte divina que tenemos todos en lo más profundo de nuestro interior. El héroe que trasciende su condición egoica, se transforma en un nuevo ser humano totalmente pleno e íntegro.

Podríamos decir, que el éxtasis, tal como dice el diccionario, que es «una exultación del espíritu, la beatitud del paraíso». Que, a diferencia del estado efímero de la alegría, es un estado duradero que alimenta y sostiene tanto al espíritu como al cuerpo. El gozo del éxtasis no provoca un deseo ardiente de más, porque es suficien­te. Se alcanzar la plenitud.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

Cosmogonías divinas, cosmogonías vegetales

Cosmogonías divinas, cosmogonías vegetales

Desde los primeros estadios de la evolución humana, los seres humanos han mantenido una estrecha relación con la naturaleza y, muy especialmente, con el mundo vegetal que alberga. El Paraíso primigenio es descrito en el Génesis bíblico como un impresionante vergel, el jardín del Edén: el lugar idílico donde apareció el ser humano por primera vez. Este mito del jardín del Edén conecta nuestro origen humano directamente con el mundo vegetal. Fueron las plantas las primeras formas de vida en la Tierra, y de ellas han evolucionado todas las demás especies animales, incluido el ser humano.

Básicamente podemos considerar el fenómeno de la religión como una respuesta de la cultura humana al interrogante de lo sagrado y lo divino. Y en relación con nuestros orígenes siempre vamos a encontrarnos el reino vegetal muy cerca de nuestro propio origen. La palabra «cultura» deriva precisamente de «cultivo». La agricultura, el cultivo de las plantas, constituye la primera profesión, fruto de la sedentarización de los primeros humanos. De estos primeros asentamientos humanos cultivadores de plantas surgieron las primeras aldeas y pueblos que darían paso, con el tiempo, a las grandes civilizaciones y sus respectivos cultos religiosos. Infinidad de mitos sobre dioses civilizadores nos ofrecen una metafórica visión de aquel pasado remoto de la humanidad en donde el reino vegetal está estrechamente emparentado con los dioses.

En las antiguas culturas matriarcales, que rendían culto a la Gran Diosa, era frecuente que su simbolismo fuera de carácter vegetal. A menudo los roles simbólicos de la Diosa -sobre todo aquellos que tienen que ver con la fertilidad- eran identificados con el toro, el buey o la vaca ya que los cuernos de estos bóvidos son equiparables a los de la Luna y sus ciclos. Asociándolos al rayo, al trueno y las lluvias que fecundan las tierras, aparecen todos ellos como símbolos muy vinculados a la botánica sagrada.

Algunas de las plantas constituyeron nuestro primer alimento, otras sirvieron de medicina y las denominadas plantas sagradas se consideraron divinidades o vías de acceso hacia el mundo espiritual. El reino vegetal está estrechamente emparentado con lo divino y los mundos supranaturales, probablemente porque las plantas son los seres que llevan más tiempo poblando el planeta y, por lo tanto, se encuentran más cerca de los orígenes de la vida en la Tierra.

Ciertamente, el hombre arcaico incorporó el mundo vegetal en las descripciones simbólicas de su cosmogonía y su visión cíclica del cosmos. Nada hay que exprese mejor el despliegue de la vida universal que el de una planta en su pleno desarrollo, y muy especialmente en el simbolismo del Árbol Cósmico que aparece en la mayoría de las culturas y tradiciones ancestrales. También encontramos la simbología vegetal en los relatos mitológicos acerca del origen del ser humano en muchas otras culturas: en la cosmogonía iraní, por ejemplo, el dios Ormuz (Ahura Mazda) creó al primer ser humano y éste fue asesinado por el demonio Ahrimán; pero su semilla ya había fecundado la tierra y nacieron los gemelos Mashya y Mashyana, que en un principio crecieron como arbustos y posteriormente se convirtieron en los progenitores de la humanidad. Otro ejemplo lo encontramos en los relatos de El libro de las Maravillas del célebre viajero Marco Polo donde cuenta cómo «el primer rey de los vighuros nació de un cierto hongo alimentado por la savia de los árboles».

El chamanismo, a través de su forma simbólica de ver el mundo, representa el cosmos y sus ciclos con un amplio abanico de historias y seres mitológicos. Los propios ritos chamánicos se rigen por una estructura fuertemente cosmológica, a través de la cual emerge el propio Universo y se desvela el origen de los tiempos. Como advierte Mircea Eliade, el simbolismo mediante el cual se expresa la comunicación entre los diferentes niveles cósmicos es bastante complejo y no está exento de contradicciones. Pero el esquema esencial resulta bastante claro, incluso después de las muchas transformaciones sufridas a lo largo de la historia. El chamán divide el Universo en tres zonas bien definidas: el mundo terrenal o medio, el mundo infernal o de abajo y el mundo celeste o de arriba. El símbolo que aúna esta forma de concebir el cosmos es el Árbol Cósmico o Eje Cósmico.

El chamán, con su iniciación, aprende a usar este simbolismo que le permite moverse con total libertad por los diferentes mundos. El éxtasis o la ampliación de la conciencia, suponen el «desplazamiento» por los diferentes niveles del Eje Cósmico o Axis mundi. Como ningún otro símbolo, el árbol representa al Universo y su continuo proceso regenerativo. El árbol se nutre del cielo y de la tierra, sus frutos, hojas, madera y flores vuelven a reintegrarse a la naturaleza constantemente. El Árbol Cósmico es la imagen de la vida, del crecimiento universal y de la evolución de la conciencia expandiéndose hacia su totalidad.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO
(Del libro BOTÁNICA SAGRADA, 2009)

Chamanes: Los mantenedores de los mitos

Chamanes: Los mantenedores de los mitos

A varios investigadores científicos corresponde el mérito de haber realizado los primeros estudios multidisciplinares sobre plantas visionarias y sustancias psicoactivas. En 1860 el micólogo británico Mordecai C. Cooke expuso su propia teoría mítica sobre el origen de las sustancias visionarias en su obra Las siete hermanas del sueño, un estudio pionero sobre el uso de las plantas psicoactivas y alucinógenas más populares de la era victoriana. Otro de los primeros investigadores más relevantes fue el toxicólogo alemán Louis Lewin que en 1924 escribió un libro titulado Phantasticaque marcó las primeras pautas en el estudio de las sustancias visionarias.

Después le siguieron investigadores de la talla de Robert Gordon Wasson, Robert Graves, Richard Evans Schultes, Albert Hoffman, Roger Heim, Carl A. P. Ruck, Peter T. Furst, Terence McKenna, Giorgio Samorini y un largo etc. Gracias a ellos tenemos una idea aproximada de la identidad y el uso de plantas sagradas como el soma, haoma, el kikeón, etc. aún quedan infinidad de nombres misteriosos que hacen referencia a la botánica sagrada como el nephethés,moly…..

Pero sin duda alguna, es el testimonio de los «hombres de conocimiento», de los chamanes –en la mayoría de los casos anónimos– la expresión de una maravillosa sabiduría milenaria que se ha aplicado con todo su potencial en el uso de la botánica sagrada.

Son los chamanes los mantenedores de los mitos, los que recrean con sus ritos el orden del universo y transmiten sus visiones cosmogónicas como mapas de una realidad mutidimensional mucho más amplia que lo percibido habitualmente.

Hoy por hoy hay un auge, un ávido interés en el uso de las plantas sagradas. Como dijo T. McKenna en su obra El Manjar de los Dioses: «Se está produciendo un revival de lo arcaico y un renacimiento de la conciencia de la Diosa». Y efectivamente es evidente que hay un creciente interés por los frutos sagrados de Gaia. Se dan sincretismos religiosos, síntesis entre culturas apareciendo un nuevo chamanismo, integrador y multidisciplinar como una extensión de los orígenes y de la sabiduría perenne que ofrece una inestimable apertura a la conciencia de lo invisible.

El sistema social imperante en occidente –basado en la ciencia y la razón– actúa como un ente que se alimenta de las personas que se comportan como engranajes ciegos y mecánicos. El sistema siempre ha demonizado a todo lo que libere al individuo de su civilizada y confortable jaula, impidiendo que las personas tomen realmente decisiones por ellas mismas, en definitiva que ejerzan verdaderamente su libertad como seres humanos.

Durante siglos las plantas sagradas han sido reverenciadas por la mayoría de culturas a lo largo de la historia del planeta pero a medida  que las civilizaciones han llegado a su apogeo, han perecido sus cultos sagrados, prohibiéndolos, castigándolos y relegándolos al olvido. Detrás han caído todos los imperios, alejados del contacto con lo sagrado.

Es patente que la sociedad actual se encuentra en la cuerda floja, muy lejos de la naturaleza y de lo sagrado. Afortunadamente como ocurre con le ideograma chino para crisis que es sinónimo de oportunidad, nos induce a pensar que tan solo estamos en una época de grandes cambios y nuevas oportunidades. Espero de todo corazón que las enseñanzas de nuestros ancestros –nuestros hombres sabios– siga floreciendo para el gran cambio que se intuye y seamos testigos del nuevo ser humano que todos estamos destinados a ser.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

Soma, el dios-planta indoario

Soma, el dios-planta indoario

Los indoarios eran un pueblo antiguo que tenía su morada en una extensa región de Asia central. Alrededor del 2000 a.C. se dividieron en dos grupos distintos: el primero, el grupo de los indoarios, se desplazó al valle del Indo, mientras el segundo grupo constituiría los antiguos pueblos iraníes. Ambos grupos conservaron una magnífica literatura religiosa. Dichas escrituras sagradas son los libros del Rig Veda de los hidúes y el Avesta de los iraníes. Ambas obras describen rituales en los que se consumía una misteriosa planta que era considerada un dios: los hidúes lo denominaban Soma y los iraníes Haoma.

El Rig Veda hindú contiene 1028 himnos pre-arios dedicados a treinta y tres deidades diferentes, entre las deidades de este complejo panteón destacan Indra, Soma, Agni y el dios Soma, símbolo de la embriaguez sagrada y considerado «el Pilar del Mundo». Cocretamente todo el libro noveno del Rig Veda está dedicado a los himnos de Soma, donde se dice que este Soma es un dios que cura las terribles enfermedades que el hombre soporta, reconforta al triste, eleva el alma de la tierra al cielo haciendo que el hombre sienta a Dios en sus venas y entre en la luz:

«El hombre liberado a quien protegen Indra,
Brahmanaspati y Soma no perece jamás…»

Soma era un dios de naturaleza vegetal traído por Sandaharva, el águila celestial, a los mortales; al cual sacrificaban a fin de extraer su esencia sagrada y crear una bebida embriagante. El dios Soma representa la inmortalidad, la comida de sacrificio de la que se alimentan los dioses y los hombres que quieren ganar el cielo, ya que aquel que se alimenta del Soma se torna él mismo un dios, tal y como se expresa en uno de los versos del Rig Veda:

«Hemos bebido el soma
nos hemos tornado inmortales,
Alcanzando la luz,
hemos alcanzado a los dioses…»

Significativamente el dios Indra adquiría más poder al ingerir Soma. También el dios Agni era un gran consumidor de Soma, el «Agua de la Vida» que otorgaba la inmortalidad a todos los dioses, llamada también amrita o néctar: «Hemos bebido grandes tragos del brillante Soma, somos inmortales». Agni era el dios del fuego y al igual que Indra también regía sobre el rayo. Indra era un símil de Zeus que traía la lluvia a las tierras de pastos secas, era el dios de la fertilidad y se convirtió en el espíritu que fertiliza la semilla. Era un benefactor del hombre, artesano del universo, destructor de demonios y dragones. Su cielo se conoce como Swarga, y está situado en lo alto del monte Meru. A Indra se le conoce también como «el niño de oro», que se convierte en el rey de los tres mundos4. Es hijo de Pritthivi, la Madre Tierra, el principio femenino, que a veces está simbolizada por una vaca, y es considerada la fuente de toda la vegetación.

 

Tres hipótesis de la identidad de un dios

Si bien hoy en día se desconoce la identidad de la planta enteógena llamada Soma, Robert Gordon Wasson afirma en su obra Soma, The divine mushroom of inmortality que se trataba de un hongo, concretamente la amanita muscaria. Este hongo crece en las regiones norteñas en asociación con ciertas coníferas, como hayas, abedules y abetos, por lo que no es de extrañar que estos árboles precisamente sean nombrados por muchos pueblos como el Árbol Cósmico por el cual se asciende al mundo de los dioses.

Sin embargo, otros investigadores como Terence McKenna sostienen que se trata más bien del hongo psilocybe, habida cuenta de que los suministros de amanita muscaria de los indoarios desaparecieron muy tempranamente en su historia, por lo que necesariamente tuvieron que utilizar otro enteógeno en la elaboración del Soma. Además, el culto a los hongos está estrechamente vinculado con el culto al ganado, ya que en sus excrementos crecen muy bien los hongos psilocybos. También el culto al hongo está estrechamente relacionado con el culto a la Diosa Madre, que la vaca simboliza perfectamente y en cuyos excrementos es habitual ver crecer a los hongos psilocybos.

Finalmente, David Flattery y Martin Shwartz proponen como tercer candidato para la identidad del Soma la peganum harmala o ruda siria, todavía utilizada entre los iraníes como embriagante extático. Aunque lo cierto es que esta hipótesis no es muy considerada entre la mayoría de los investigadores.

 

Los nacidos del rayo
El Elohim primitivo que aparece en los textos bíblicos es el dios del rayo: símbolo del esclarecimiento espiritual, de la iluminación y expansión de la conciencia, del acceso repentino al mundo espiritual; pero si no se está preparado el rayo puede fulminar instantáneamente. Es el caso del rayo que fulmina a Semele, madre de Dionisos, incapaz de soportar la esplendorosa y cegadora visión del dios Zeus.
En todas las mitologías el lugar donde una divinidad hiere con un rayo es considerado sagrado. El rayo simboliza la chispa de la vida y el poder fertilizante del cielo. En el libro del Antiguo Testamento (Éxodo 19, 16-18) cuando Dios se manifiesta aparece rodeado por el estruendo de los truenos y la luz de los relámpagos. En el Popol-Vuh, el libro sagrado de los mayas quitzés de Guatemala, el rayo y el relámpago constituyen la palabra de Dios; de manera similar, al dios védico Indra se le atribuye también el rayo, llamado vajra.

Tanto en Grecia como en India o Centroamérica se consideraba a los hongos como nacidos del rayo –especialmente los que tienen propiedades enteógenas–. En algunas tradiciones, especialmente entre pueblos de Asia y Siberia, es el rayo el que designa al chamán, al «hombre de conocimiento». En la tradición quechua de los Andes se considera al alto mesayoq o chamán superior por haber sido alcanzado por un rayo en varias ocasiones.

En mi opinión, creo que la identidad del Soma, a variado a lo largo de la historia, y que estos tres candidatos han podido ser perfectamente usados en diferentes regiones y en diferentes épocas. Creo por experiencia propia, que todos te llevan a alcanzar el estado de Indra –como estado extático de amor divino– que arrasa como un rayo o fuego celestial.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO
(Extracto del libro BOTÁNICA SAGRADA)

Guías y maestros: 2001 0disea del espacio interior

Guías y maestros: 2001 0disea del espacio interior

Si bien es cierto que cada quien es responsable de su viaje espiritual, en ocasiones uno sabe perfectamente que necesita toda la ayuda posible. Hoy en día se habla mucho de que ya no necesitamos maestros, y que cada uno es su propio maestro. En mi opinión, lo más recomendable es admitir con humildad los límites de nuestro conocimiento, y tener fe en fuentes más sabias que nosotros y permanecer abiertos a la sabiduría de tradiciones ancestrales que han pasado la prueba del tiempo.

Ocurre en ocasiones que la rebeldía contra las convenciones puede motivar a algunos de los que toman un enteógeno a no hacerlo bajo el cuidado de una persona experta, lo cual puede enturbiar y distorsionar la experiencia. Por eso tomar plantas enteógenas en un contexto lúdico o de escape de la realidad suele ser equivalente a quedarse en estadios superficiales, sin permitir que actúe realmente todo el potencial que el enteógeno puede ofrecer a cada persona. Esto se traduce muy a menudo en que cualquier atisbo de sanación o transformación resulta muy pobre o no llega a producirse nunca. Si el contexto y la preparación no se han cuidado es muy posible experimentar la odisea del típico «mal viaje». Desde tiempos ancestrales las diferentes tradiciones han realizado un exclusivo uso ritual de las plantas enteógenas, por lo que no se han encontrado casos de sobredosis, adicciones u otras patologías derivadas de un uso inadecuado de los enteógenos.

Tú eres el piloto y el navegante de tu camino espiritual, y sólo tú puedes decidir si debes pedir consejo, dónde debes buscarlo y si te conviene seguirlo o no. Sólo tú puedes interpretar las señales sagradas y salvar sus aparentes contradicciones. Sólo tú puedes decidir cómo encaja la sabiduría ancestral en tus circunstancias. Tú eres el que acaba decidiendo, y la principal brújula es tu propio sentido de la verdad. En el sendero espiritual no existe la «vía única».

Es cierto que para algunos buscadores la estricta obediencia a un maestro o a una institución espiritual constituye el mejor camino y el más adecuado. Pero incluso ellos deben determinar por sí mismos los términos exactos de su condición de discípulos. Ellos y sólo ellos pueden decidir cómo aplicar a sus vidas las enseñanzas de la fe que profesan y dónde establecer el límite de su entrega.

Ahí está el punto de equilibrio: ¿puedes cogerte de la mano de los guías sin perder de vista quién eres en realidad? ¿Puedes aceptar que hay muchas cosas que no sabes y, al mismo tiempo, admitir la verdad igualmente desalentadora de que cada decisión recaerá en ti, te sientas o no cualificado para ello? ¿Puedes conservar tu poder sin volverte arrogante, engañarte o desconectarte de fuentes de mayor sabiduría? Las respuestas obviamente están en tu interior.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO