Seleccionar página

La identificación con la mente produce un opaco muro de conceptos, etiquetas, imágenes, palabras, juicios y definiciones que bloquean toda verdadera percepción de la realidad. Ese muro se interpone entre tú y tú esencia, entre tú y tú prójimo, entre tú y la naturaleza, entre tú y lo divino; ese muro crea la ilusión de separación, la ilusión de que tú y lo «otro» estáis totalmente separados. Así se te olvida el hecho esencial de que, debajo del nivel de las apariencias físicas y de las formas separadas, eres uno con toda la Creación.

La libertad comienza cuando el muro desaparece, cuando la mente se aquieta y da paso a niveles más profundos de conciencia y la realidad se percibe directamente. Este muro es una estructura férrea, petrificada en el tiempo y consensuada por la sociedad que la fomenta. Es el resultado de años y años de estructurar, interpretar y definir la realidad que vivimos. Estos muros forman un intrincado y complejo laberinto que con el tiempo van encerrando al individuo y distanciándolo de su Ser. Pero utilizando el hilo de Ariadna adecuado, se puede uno liberar y salir fuera de sus asfixiantes muros del ego.

Este vetusto laberinto contiene entre sus paredes al terrible Minotauro. Esa criatura mítica que habita encerrada entre los muros mentales que construimos día a día y que está formada por la sombra psicológica. La sombra son todas las emociones, deseos y creencias reprimidas, ocultas y olvidadas en lo más profundo del laberinto que se han ido tornando monstruosas e inaceptables.

Cuando el pensamiento se aquieta, se experimenta una discontinuidad en la corriente mental, una brecha de «no-mente», este es el sendero o hilo de Ariadna que conduce a la libertad, al estado de Verdadera Naturaleza o rigpa. En este estado se desidentifica uno de todo el aparataje mental. En este estado se produce la conexión interna y se está más despierto y lúcido que en el estado de identificación mental habitual. Uno está plenamente presente experimentando el Aquí y Ahora con toda su plenitud.

El hecho de disolver los muros hace que aparezca el temido y hasta entonces oculto Minotauro personal. Esta parte de nosotros ha de ser vivida para que se integre y se experimente la libertad total en el Aquí y Ahora. De esta manera recuperamos todo nuestro potencial como individuos sin un lastre oculto dentro de nosotros que sirva para crear muros que nos impida vivir en armonía con todo cuanto nos rodea.

Esto nos conduce hacia la trascendencia de nuestra propia ceguera, hacia un estado de claridad y a la vivencia de una conciencia más allá de los límites autoimpuestos por nosotros mismos en el pasado.

 

Hay muchas técnicas para conseguir poco a poco llegar a dicho estado trascendente. Desde la meditación zen, el budismo vajrayana, el shaivismo de Kachemir, las danzas sufies, etc. Todas estas técnicas van disolviendo los muros lentamente permitiendo ir integrando al escurridizo Minotauro. Pero hay una herramienta muy poderosa para disolver el muro y encarar nuestra sombra muy rápidamente, se trata de los enteógenos.

Los enteógenos son una de las herramientas naturales más poderosas para derribar los muros de la mente. Utilizados desde hace milenios por el ser humano para conseguir estados trascendentes y traspasar las barreras de la mente.

Han recibido gran número de nombres: plantas maestras, plantas de los dioses, plantas sagradas, plantas de poder, plantas mágicas, plantas luminosas, plantas visionarias, plantas de luz, plantas alucinógenas, plantas enteógenas, plantas psiquedélicas, plantas psicotrópicas, etc.

Los enteógenos son sustancias de origen vegetal que contienen alcaloides, moléculas muy similares e incluso algunas exactamente idénticas a los neurotransmisores que produce el cerebro humano (como el DMT). Los alcaloides actúan directamente en el sistema nervioso y endocrino produciendo determinados y complejos cambios bioquímicos relacionados con nuestra forma de pensar, sentir y percibir.

Cuando ampliamos la conciencia por medio de los enteógenos, estos nos ayudan a disolver las barreras mentales, las creencias y las actitudes defensivas que nos mantienen identificados con una máscara superficial e irreal frente al mundo. El laberinto de la mente delimita el espacio y el tiempo, nos mantiene atrapados entre sus sólidos límites filtrando la realidad y empobreciendo nuestras vidas.

Esto produce una preocupación interminable por el pasado y el futuro, y una falta de disposición a experimentar y reconocer el momento presente y permitir que sea tal cual es. La neurosis surge porque el pasado te da una identidad y el futuro contiene expectativas de algún tipo. Ambas son poderosas ilusiones.

Los enteógenos actúan como el hilo de Ariadna que nos saca de la dimensión temporal y nos conducen a experimentar el eterno presente -el Aquí y Ahora- y ayudan a conocer nuestra esencia o verdadera identidad. Nos llevan directamente a la entrega y a la rendición plena a lo que está profundamente oculto en nuestro interior. Nos incitan a confiar en que nuestro Ser Verdadero que está más allá de la mente y trasciende todos sus laberínticos pasajes y sus terribles Minotauros.

Con el tiempo, este encuentro con la esencia interna o Ser Verdadero que nos brindan los enteógenos se irá manifestando en lo cotidiano. Lentamente descubriremos como estamos unidos a todo cuanto nos rodea y que toda etiqueta, división o juicio es un producto de la mente para encasillarnos en una realidad ya establecida y consensuada. Poco a poco el Ser Verdadero va impregnando todos los actos de nuestra vida dándonos la seguridad y confianza de que todo está perfecto viviendo el Aquí y Ahora con toda su plenitud. Gracias al correcto uso de los enteógenos (yo recomiendo su uso siempre bajo la guía de una persona experta) podemos aprender a vivir en armonía fuera del laberinto en la libertad total.

 

José Luis López Delgado
(Artículo publicado en la revista ESPACIO HUMNANO Nº 123)