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La mayoría de las personas no suelen pensar en las experiencias oscuras, terroríficas o caóticas como transformadoras, y sin embargo, muy a menudo sí lo son. En algunas ocasiones, determinadas visiones estremecedoras, estados de terror o un dolor profundo y devastador, son formas de estados alterados de conciencia de carácter transpersonal y espiritual. Son sólo nuestros prejuicios, estereotipos y fantasías los que nos dicen que las experiencias místicas son todas brillantes, gozosas y extáticas.

En ocasiones dichas experiencias de los inframundos van acompañadas de notables cambios en la vida del propio individuo y pueden producir importantes estados de claridad. Pueden ofrecer una comprensión profunda del sufrimiento, la impermanencia y la muerte, entre muchas otras cosas. El hecho es que esos encuentros infernales, en muchas ocasiones no son tan diferentes de otras formas de experiencia mística, tal y como muestran las enseñanzas del Bardo en la tradición vajrayana del budismo tibetano.

San Juan de la Cruz escribió una guía extraordinaria, cuyo título dio nombre a estas experiencias: La Noche Oscura del Alma. Sin embargo, las noches oscuras también contienen luz al igual que detrás de las nubes brillan las estrellas. Ya sea que se experimente un abismo o una total desolación, es momento de esperar, y confiar en que lo inevitable del cambio, a medida que se desarrolle, traerá alivio, toma de conciencia y un nuevo sentido. La voluntad de aceptar el dolor o lo que nuestros prejuicios rechazan facilita la transformación y la reestructuración: El proceso autopoiético.

En las noches oscuras tú puedes sentir que experimentas una especie de muerte o desintegración, dado que tu identidad (lo que crees que eres) o tu forma de ver la vida comienzan a ser obsoletas. Se abre un espacio entre lo que ha sido y lo que será. Este espacio puede parecer caótico, pero las teorías contemporáneas sobre la física del caos reconocen el potencial de transformación que tiene. Si se deja fluir al caos, sin interferencias, terminará apareciendo un nuevo orden.

El miedo puede surgir en cualquier momento, pero es cuando uno se acerca a un cambio de nivel cuando suele surgir con mayor intensidad y se vive un momento crítico. Es normal que en un estado de trance donde se amplifican las emociones, el miedo se experimente muy exageradamente, ya que cada paso de nivel puede vivirse como una pequeña muerte. Cada trauma, bloqueo o herida emocional adquirido a lo largo de la vida son un síntoma reiterado del dolor que nos produjo la separación de la Unidad, de lo divino, y que resuena desde el momento en que nacemos. Y son estos mismos síntomas los que empujan a la persona al encuentro o búsqueda de lo sagrado. Son los síntomas los que nos orientan hacia un proceso de muerte y renacimiento, que una vez consumado produce una integración y clarificación de la experiencia y de la misma vida. Son ellos la voz de la sanación.

La raíz del miedo es el dolor primordial de la humanidad que se manifiesta en las personas de muy distintas maneras, siendo provocado por la ilusión de separación de la Unidad o Flujo Universal. Esta sensación de separación es muy dolorosa y desoladora y provoca un intenso terror. Este miedo va estructurando toda la personalidad -el ego- que huye del encuentro con la esencia del Ser, donde se restablece la conciencia de unidad. Cuando se conecta con la esencia del Ser uno se da cuenta de que no está solo y  nunca lo ha estado. En ese instante el miedo desaparece y el ego se sana, siendo un paso necesario para la expresión del Flujo Universal o Espíritu.

Este dolor ancestral se manifiesta en varios tipos de miedo. Todos los miedos son «la caída», o sea la separación de lo divino, el principio del ego, la individualidad y el instinto de supervivencia y el despliegue de todos sus mecanismos de defensa psíquicos.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO