Seleccionar página

En la década de los años treinta el antropólogo Robert Weitlaner obtuvo especímenes de los hongos que posteriormente fueron investigados por los etnobotánicos Blas Pablo Reko y Richard Schultes. La misma hija de Weitlaner estuvo presente como observadora en una ceremonia nativa de hongos en el año 1939, pero sin llegar a tomar parte en ella. Después de la Segunda Guerra Mundial recuperaron el hilo el etnomicólogo R. Gordon Wasson y su mujer Valentina, que visitaron México en 1953 en busca de los hongos sagrados, después de que el escritor Robert Graves les reseñara en una de sus cartas una referencia a la existencia del culto. Se trató del primero de los numerosos viajes de campo del matrimonio Wasson, que revelarían en los años siguientes los hongos al mundo occidental en general.

En 1955 Wasson conoce a la curandera mazateca Maria Sabina, que se convertirá en su guía espiritual en el fantástico mundo de los hongos sagrados. Un año después el micólogo francés Roger Heim y el etnólogo Strasser Pean acompañan a los Wasson en una nueva expedición, circunscrita principalmente a Huautla de Jiménez, en la Sierra Mazateca. Heim y su ayudante Cailleux, tras obtener cepas y esporas mexicanas, logran producir hongos enteógenos en su laboratorio, los analizaron y experimentaron personalmente sus efectos; a mismo tiempo escriben monografías científicas y artículos de divulgación resultado de sus investigaciones. Posteriormente, el profesor italiano Hugo Cerletti estudió con sus colegas las propiedades farmacológicas y fisiológicas del hongo y los miembros de la Academia de París, bajo la dirección del doctor Jean Delay, experimentan los efectos de la psilocibina en personas normales y enfermos mentales.

 

Veladas mazatecas

En nuestros días, la ceremonia de los hongos de los indios mazatecas del noreste de Oaxaca muestra un marcado carácter sagrado que ha persistido desde la conquista. Los mazatecas llaman a los hongos nti-si-tho, que significa «honorable objeto que sale de la tierra». Creen que el hongo sale de la tierra mágicamente y que ha sido enviado desde el cielo por mediación del rayo. Tal como lo cuenta un poeta indígena, «el pequeño hongo viene de sí mismo, nadie sabe de dónde ni cuándo viene, como el viento, sin que se sepa cómo ni porqué».
Las ceremonias mazatecas son conocidas como veladas, duran toda una noche y están dirigidas por un chamán, que puede ser hombre o mujer. Las veladas se realizan preferentemente en ayunas, frente a un altar con imágenes de santos, la Virgen María o Jesucristo tenuemente iluminados con velas. Se quema copal y se entonan diversos cantos y plegarias tendientes a procurar el restablecimiento del enfermo. La ceremonia a menudo va acompañada de un ritual de curación, en el transcurso del cual el oficiante, gracias a los poderes que le confieren los hongos sagrados, se comunica con las fuerzas espirituales que le dicen cómo efectuar la sanación de los enfermos. La veneración de que es objeto la ceremonia de los hongos es tanto o más profunda que la que rodea las ceremonias de cualquier gran religión conocida; incluso cuando éstos se recolectan, conlleva una serie de normas rituales, como que una mujer virgen se encargue de recoger los hongos sagrados en las húmedas colinas durante la luna nueva y antes del alba.

Los ritos típicos de los hongos sagrados mexicanos no se caracterizan por el tipo de participación colectiva e interrelación que se da, por ejemplo, en los rituales del peyote y otras plantas sagradas. En los rituales de curación suelen participar una o muy pocas personas, el chamán o sabio actúa como intérprete de las visiones y guía al paciente en la compresión de su estado alterado, quien generalmente ha consumido menor cantidad de hongos que el curandero. En las ceremonias de adivinación, sin embargo, es el curandero únicamente el que suele ingerir los hongos.

 

María Sabina, la sabia de los hongos

La vida de María Sabina (1894-1985) fue bastante dura y estuvo marcada por la pobreza y una saga de acontecimientos trágicos. Enviudó en dos ocasiones y su tercer esposo la abandonó. Algunos de sus hijos murieron en condiciones violentas y ella misma resultó afectada al interponerse para salvar la vida de uno de ellos. Dos veces puso una tienda de abarrotes en su natal Huautla y en ambas ocasiones tuvo que cerrar debido a los retrasos en los pagos de sus clientes. Pero aprendió a sobrepasar cada una de sus pérdidas y logró vivir sin rencores derrochando gran compasión: «cuando veo cruzar en mi camino a aquel borracho que me hirió, lo saludo. Pobre, está descompuesto… es un hombre inservible. Su borrachera lo ha acabado», decía.

La primera vez que María comió hongos psilocibios era una niña y lo hizo empujada por el hambre, como ella misma le relató a su biógrafo Álvaro Estrada: en días ordinarios toda su familia apenas si comía frijoles, si es que había, o se conformaba con puras tortillas. Un día se fue al monte, encontró unos hongos y se los comió: «No teníamos nada: sólo hambre, sólo frío… Ni siquiera sabía si eran alimento o veneno. Pero sentía que me hablaban. Después de comerlos oí voces. Voces que venían de otro mundo». María Sabina y su hermana María Ana hicieron de aquella ingestión casual una costumbre: «En unas veces el abuelo y en otras mi madre llegaban al monte y nos recogían del suelo, tiradas o arrodilladas. Nunca nos regañaron ni nos golpearon por comer hongos, porque ellos sabían que no es bueno regañar a una persona que los ha tomado, ya que se le pueden provocar sentimientos encontrados y es posible que sienta que enloquece».

Tiempo después supo que los hongos «eran como Dios», que daban sabiduría y curaban las enfermedades y que los indios los tomaban desde muchísimos años atrás. Años más tarde, cuando enviudó por segunda vez, se entregó para siempre a la sabiduría de los hongos, para curar las enfermedades de la gente y para estar siempre cerca de Dios. «En verdad –afirma María Sabina– yo nací con mi destino: ser sabia. Y nunca fui a la escuela donde pudiera aprender a leer, a escribir o a hablar castellano. Mis padres únicamente hablaron la lengua mazateca. Nunca aprendí otra lengua. Además no sabía qué era la escuela, ni sabía si existía; y si la hubiera habido yo no habría ido, porque no había tiempo. Anteriormente se trabajaba mucho».

« Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo invisible, lejano pero también cercano. Allí vive Dios, viven los muertos, los espíritus y los santos; es un mundo donde todo ha sucedido y todo se sabe. Ese mundo habla, tiene un lenguaje propio. Yo repito lo que me dice. Los hongos sagrados me llevan y me traen al mundo donde todo se sabe. Son ellos, los hongos sagrados, los que hablan en una forma que yo puedo entender. Yo les pregunto y ellos me responden. Cuando regreso del viaje, digo lo que ellos me han dicho, me han mostrado.» De esta reverente forma describe la conocida chamana mazateca, los poderes divinos de los hongos sagrados, que ella utilizó en sus ceremonias de origen ancestral.

El canto de María Sabina ha sido grabado y traducido en varias ocasiones. En gran parte su canto expresa sus cualidades personales, que le permiten curar e interpretar el poder divino a través de los hongos. Una pequeña parte de su canto puede darnos una idea de éste:

    «Soy mujer que hace tronar
    Soy mujer que hace sonar
    Soy mujer araña, mujer chuparrosa
    Soy mujer águila, mujer águila dueña
    Soy mujer que gira porque soy mujer remolino
    Soy mujer de un lugar encantado, sagrado,
    Porque soy mujer aerolito».

Pero los poderes sagrados del hongo no se muestran a todo el mundo, como expresa María Sabina en su autobiografía: «El Libro estaba ante mí, podía verlo pero no tocarlo. Intenté acariciarlo pero mis manos no tocaron nada. Me limité a contemplarlo y, al momento, empecé a hablar. Entonces me di cuenta que estaba leyendo el Libro Sagrado del Lenguaje (… ).Yo había alcanzado la perfección. Ya no era una simple aprendiz. Por eso, como un premio, como un nombramiento, se me había otorgado el Libro».

Este libro al que hace referencia María Sabina es conocido como amoxtli o «libro de la Sabiduría» que viene a ser un simbolismo de lo que las escuelas esotéricas denominan «registros akásicos». Estos registros akásicos son un nivel de conciencia donde se puede ver tanto el pasado como el futuro, en dicho nivel está registrado todo cuanto a ocurrido y todo cuanto ocurrirá en el Universo. Este nivel puede considerarse como información del holograma universal o como un aspecto del inconsciente colectivo.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

 

error: Content is protected !!