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Cosmogonías divinas, cosmogonías vegetales. El Árbol Cósmico

Cosmogonías divinas, cosmogonías vegetales. El Árbol Cósmico

 

Desde los primeros estadios de la evolución humana, los seres humanos han mantenido una estrecha relación con la naturaleza y, muy especialmente, con el mundo vegetal que alberga. El Paraíso primigenio es descrito en el Génesis bíblico como un impresionante vergel, el jardín del Edén: el lugar idílico donde apareció el ser humano por primera vez. Este mito del jardín del Edén conecta nuestro origen humano directamente con el mundo vegetal. Y nos conecta con las plantas sagradas: El Árbol de la Vida y el Árbol del Bien y del Mal. Fueron los vegetales las primeras formas de vida en la Tierra, y de ellas han evolucionado todas las demás especies animales, incluido el ser humano. Básicamente podemos considerar el fenómeno de la religión como una respuesta de la cultura humana al interrogante de lo sagrado y lo divino. Y en relación con nuestros orígenes siempre vamos a encontrarnos el reino vegetal Fuente de Diana de Éfeso (Tivoli, Italia)muy cerca de nuestro propio origen. La palabra «cultura» deriva precisamente de «cultivo». La agricultura, el cultivo de las plantas, constituye la primera profesión, fruto de la sedentarización de los primeros humanos. De estos primeros asentamientos humanos cultivadores de plantas surgieron las primeras aldeas y pueblos que darían paso, con el tiempo, a las grandes civilizaciones y sus respectivos cultos religiosos. Infinidad de mitos sobre dioses civilizadores nos ofrecen una metafórica visión de aquel pasado remoto de la humanidad en donde el reino vegetal está estrechamente emparentado con los dioses. En las antiguas culturas matriarcales, que rendían culto a la Gran Diosa, era frecuente que su simbolismo fuera de carácter vegetal.

 

LAS PLANTAS SAGRADAS Y LA DIOSA

A menudo los roles simbólicos de la Diosa -sobre todo aquellos que tienen que ver con la fertilidad- eran identificados con el toro, el buey o la vaca ya que los cuernos de estos bóvidos son equiparables a los de la Luna y sus ciclos. Asociándolos al rayo, al trueno y las lluvias que fecundan las tierras, aparecen todos ellos como símbolos muy vinculados a la botánica sagrada. Algunas de las plantas constituyeron nuestro primer alimento, otras sirvieron de medicina y las denominadas plantas sagradas se consideraron divinidades o vías de acceso hacia el mundo espiritual. El reino vegetal está estrechamente emparentado con lo divino y los mundos supranaturales, probablemente porque las plantas son los seres que llevan más tiempo poblando el planeta y, por lo tanto, se encuentran más cerca de los orígenes de la vida en la Tierra. Ciertamente, el hombre arcaico incorporó el mundo vegetal en las descripciones simbólicas de su cosmogonía y su visión cíclica del cosmos.

Nada hay que exprese mejor el despliegue de la vida universal que el de una planta en su pleno desarrollo, y muy especialmente en el simbolismo del Árbol Cósmico que aparece en la mayoría de las culturas y tradiciones ancestrales. También encontramos la simbología vegetal en los relatos mitológicos acerca del origen del ser humano en muchas otras culturas: en la cosmogonía iraní, por ejemplo, el dios Ormuz (Ahura Mazda) creó al primer ser humano y éste fue asesinado por el demonio Ahrimán; pero su semilla ya había fecundado la tierra y nacieron los gemelos Mashya y Mashyana, que en un principio crecieron como arbustos y posteriormente se convirtieron en los progenitores de la humanidad. Otro ejemplo lo encontramos en los relatos de El libro de las Maravillas del célebre viajero Marco Polo donde cuenta cómo «el primer rey de los vighuros nació de un cierto hongo alimentado por la savia de los árboles». El chamanismo, a través de su forma simbólica de ver el mundo, representa el cosmos y sus ciclos con un amplio abanico de historias y seres mitológicos. Los propios ritos chamánicos se rigen por una estructura fuertemente cosmológica, a través de la cual emerge el propio Universo y se desvela el origen de los tiempos. Como advierte Mircea Eliade, el simbolismo mediante el cual se expresa la comunicación entre los diferentes niveles cósmicos es bastante complejo y no está exento de contradicciones. Pero el esquema esencial resulta bastante claro, incluso después de las muchas transformaciones sufridas a lo largo de la historia.

 

EL ÁRBOL CÓSMICO O SAGRADO

yggrasil, el árbol cósmicoEl chamán divide el Universo en tres zonas bien definidas: el mundo terrenal o medio, el mundo infernal o de abajo y el mundo celeste o de arriba. El símbolo que aúna esta forma de concebir el cosmos es el Árbol Cósmico o Eje Cósmico. El chamán, con su iniciación, aprende a usar este simbolismo que le permite moverse con total libertad por los diferentes mundos. El éxtasis o la ampliación de la conciencia, suponen el «desplazamiento» por los diferentes niveles del Eje Cósmico o Axis mundi. Como ningún otro símbolo, el árbol representa al Universo y su continuo proceso regenerativo. El árbol se nutre del cielo y de la tierra, sus frutos, hojas, madera y flores vuelven a reintegrarse a la naturaleza constantemente. El Árbol Cósmico es la imagen de la vida, del crecimiento universal y de la evolución de la conciencia expandiéndose hacia su totalidad.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO
(Del libro BOTÁNICA SAGRADA, 2009)

Soma, el dios-planta indoario. Buscando la identidad del néctar sagrado

Soma, el dios-planta indoario. Buscando la identidad del néctar sagrado

Soma e hinduismo

Los indoarios eran un pueblo antiguo que tenía su morada en una extensa región de Asia central. Alrededor del 2000 a.C. se dividieron en dos grupos distintos: el primero, el grupo de los indoarios, se desplazó al valle del Indo, mientras el segundo grupo constituiría los antiguos pueblos iraníes. Ambos grupos conservaron una magnífica literatura religiosa. Dichas escrituras sagradas son los libros del Rig Veda de los hidúes y el Avesta de los iraníes. Ambas obras describen rituales en los que se consumía una misteriosa planta que era considerada un dios: los hidúes lo denominaban Soma y los iraníes Haoma. El Rig Veda hindú contiene 1028 himnos pre-arios dedicados a treinta y tres deidades diferentes, entre las deidades de este complejo panteón destacan Indra, Agni y el dios Soma, símbolo de la embriaguez sagrada y considerado «el Pilar del Mundo». Concretamente todo el libro noveno del Rig Veda está dedicado a los himnos de Soma, donde se dice que este Soma es un dios que cura las terribles enfermedades que el hombre soporta, reconforta al triste, eleva el alma de la tierra al cielo haciendo que el hombre sienta a Dios en sus venas y entre en la luz: «El hombre liberado a quien protegen Indra, Brahmanaspati y Soma no perece jamás…»

Soma era un dios de naturaleza vegetal traído por Sandaharva, el águila celestial, a los mortales; al cual sacrificaban a fin de extraer su esencia sagrada y crear una bebida embriagante. El dios Soma representa la inmortalidad, la comida de sacrificio de la que se alimentan los dioses y los hombres que quieren ganar el cielo, ya que aquel que se alimenta del Soma se torna él mismo un dios, tal y como se expresa en uno de los versos del Rig Veda: «Hemos bebido el soma nos hemos tornado inmortales. Alcanzando la luz,  hemos alcanzado a los dioses…»

Significativamente el dios Indra adquiría más poder al ingerir Soma. También el dios Agni era un gran consumidor de Soma, el «Agua de la Vida» que otorgaba la inmortalidad a todos los dioses, llamada también amrita (néctar): «Hemos bebido grandes tragos del brillante Soma, somos inmortales». Agni era el dios del fuego y al igual que Indra también regía sobre el rayo. Indra era un símil de Zeus que traía la lluvia a las tierras de pastos secas, era el dios de la fertilidad y se convirtió en el espíritu que fertiliza la semilla. Era un benefactor del hombre, artesano del universo, destructor de demonios y dragones. Su cielo se conoce como Swarga, y está situado en lo alto del monte Meru. A Indra se le conoce también como «el niño de oro», que se convierte en el rey de los tres mundos. Es hijo de Pritthivi, la Madre Tierra, el principio femenino, que a veces está simbolizada por una vaca, y es considerada la fuente de toda la vegetación.  

 

Tres hipótesis de la identidad del soma

Si bien hoy en día se desconoce la identidad de la planta enteógena llamada Soma, Robert Gordon Wasson afirma en su obra Soma, The divine mushroom of inmortality que se trataba de un hongo, concretamente la amanita muscaria. Este hongo crece en las regiones norteñas en asociación con ciertas coníferas, como hayas, abedules y abetos, por lo que no es de extrañar que estos árboles precisamente sean nombrados por muchos pueblos como el Árbol Cósmico por el cual se asciende al mundo de los dioses. Sin embargo, otros investigadores como Terence McKenna sostienen que se trata más bien del hongo psilocybe, habida cuenta de que los suministros de amanita muscaria de los indoarios desaparecieron muy tempranamente en su historia, por lo que necesariamente tuvieron que utilizar otro enteógeno en la elaboración del Soma. Además, el culto a los hongos está estrechamente vinculado con el culto al ganado, ya que en sus excrementos crecen muy bien los hongos psilocibios. También el culto al hongo está estrechamente relacionado con el culto a la Diosa Madre, que la vaca simboliza perfectamente y en cuyos excrementos es habitual ver crecer a los hongos psilocibios. Finalmente, David Flattery y Martin Schwartz proponen como tercer candidato para la identidad del Soma la peganum harmala o ruda siria, todavía utilizada entre los iraníes como embriagante extático. Aunque lo cierto es que esta hipótesis no es muy considerada entre la mayoría de los investigadores.  

 

Investigaciones recientes sobre el soma

El interrogante acerca de qué era realmente el soma quizás no se resuelva nunca, y el debate podría muy bien prolongarse indefinidamente. También se ha considerado la opción de que el soma no fuese en sí mismo una sustancia, sino una combinación de diversas plantas. Aún así, nuevas investigaciones arqueológicas podrían añadir una nueva dimensión a este debate. Se ha informado recientemente del descubrimiento en Turkmenistán de un santuario de gran tamaño datado en el II milenio a. C. En su interior se halló lo que parecía ser una sala privada con recipientes cerámicos en los que se encontraron restos de cannabis y efedra. Se ha planteado la posibilidad de que los sacerdotes de este santuario consumieran alguna bebida visionaria, como parte de sus rituales. 

En 2009, excavando en una profunda cámara sepulcral en los bosques de Mongolia, una expedición ruso-mongola del Instituto deEl hierofante (rey o sacerdote), que sostiene un hongo El hierofante (rey o sacerdote), que sostiene un hongo psilocybe (soma) Arqueología y Etnografía, la sede siberiana de la Academia Rusa de Ciencias, descubrió unos tejidos de lana bordados de más de dos milenios de antigüedad. A pesar de que el trabajo de los arqueólogos todavía no está completado, los primeros fragmentos restaurados han revelado algunos datos asombrosos. Los fragmentos del tejido hallado eran partes de una alfombra compuesta por varios paños de tejido de lana de color rojo oscuro. El tejido se fabricó en Siria o Palestina, fue bordado en el oeste de India y acabó en Mongolia. El hallazgo es poco menos que milagroso debido a su inverosimilitud.

Natalia V. Polosmak, investigadora jefe de SB RAS, escribe: “Encontrarlo 2000 años después ha sido pura casualidad; su impresionante buen estado es casi un milagro. El modo en que llegó hasta la tumba de una persona a la que no estaba destinado seguirá siendo un misterio durante mucho tiempo, si no para siempre” El bordado muestra una antigua ceremonia zoroástrica centrada alrededor de un hongo. En el centro de la composición, a la izquierda del altar, se encuentra el rey o sacerdote, vestido con un caftán largo bordado con una abertura en la parte inferior. Está concentrado en el hongo que tiene en las manos.
Polosmak asegura que la “seta divina” se parece a la conocida especie psicoactiva Psilocybe cubensis. “La importancia de esta prueba sugiere que el soma, la antigua bebida ritual, se preparaba con setas de la familia de las strophariaceae que contiene un estimulador del sistema nervioso llamado psilocibina”.
En cualquier caso, los hallazgos arqueológicos de Mongolia podrían aportar pistas o incluso pruebas evidentes que ayuden a explicar en el futuro qué era realmente el soma. Aunque este descubrimiento sin duda apoya la tesis de Terence McKenna.

 

Hacia un mundo feliz con Soma®

El escritor, filósofo y psiconauta Aldous Huxley, escribió diversas obras como novelas, cuentos o ensayos criticando los roles y los convencionalismos sociales. Huxley mostró un gran interés por temas espirituales, e igualmente se interesó por las sustancias psiquedélicas, siendo considerado uno de los más importantes representantes del pensamiento moderno. En una de sus novelas más conocidas, Un mundo feliz, Huxley gran conocedor de las antiguas tradiciones orientales, puso el nombre de “Soma” a la droga que tomaban los personajes de dicha novela futurista. Con el soma la utopía del bienestar se convertía en una realidad ya que quien lo tomaba sentía que sus problemas y dificultades desaparecían rápidamente sin ningún tipo de efecto secundario. Para los habitantes de Un mundo feliz, Soma era el equivalente de religión. Resulta que hace unos años la compañía Meda Pharmaceuticals patentó un relajante muscular llamado Soma. El principio activo de dicho fármaco es el carisoprodol, y aunque podría parecer la panacea contra el dolor y la ansiedad ya preconizada por Huxley, la realidad es que tiene gran cantidad de efectos secundarios y puede generar adicción. Así que por el momento la identidad del soma aún sigue velada.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

 

Rebelión en la granja | Cómo el ego anula la tolerancia y la libertad.

Rebelión en la granja | Cómo el ego anula la tolerancia y la libertad.

En la naturaleza todo evoluciona en conjunción con el medio en que se desenvuelve. Nosotros debemos recuperar esa capacidad de sincronizarnos con la naturaleza y al cooperar con ella estaremos de nuevo en el camino de la evolución natural. Sea nuestra nación una democracia, una monarquía, una oligarquía o una república, hemos sustituido la intención primaria de los fundadores de un país por sistemas de gobierno basados en el ego.

Desde mi punto de vista, un líder es sólo un reflejo de la conciencia del pueblo. Por lo tanto, ese líder sólo podrá ser tan válido y justo como lo sean las personas a las que sirve. Los malos líderes están ahí para hacernos reflexionar y pasar a la acción. Cuando vemos algo que no nos gusta en nuestros líderes, es para mostrarnos justamente eso que debemos reconocer y transformar en nosotros mismos.

Es difícil reconciliar las fracciones que nuestro sistema político actual crea. La política es algo que debe unir a las personas, sin embargo podemos apreciar que tiende a potenciar el efecto opuesto. Muchas personas sienten que tienen que escoger un bando y que una vez que lo han hecho su compromiso debe mantenerse firme, independientemente de las personas que su partido nombra o de la política que propone. Cada grupo político que existe hoy en día define su posición basándose en ideas opuestas a las de otros partidos, mientras que las soluciones reales se encuentran a menudo en lo que los budistas llaman el Camino Central, o lo que los taoístas llaman Tao.

 

El sendero medio

Este camino central, no se refiere a una política de centro, sino a un sistema equilibrado entre fuerzas opuestas, que sería el reflejo del propio equilibrio individual. Hoy en día el desequilibrio y la crispación son el reflejo del estado actual de la mayoría de los individuos que permanecen en una actitud extremadamente egoíca con respecto al mundo en que se encuentran.

La identidad y la posesión forman parte del dominio del ego. A través del ego nos apegamos a una ideología, a un partido político, a una persona y a nuestras opiniones fragmentadas y distorsionadas. Defendemos nuestra perspectiva y nuestra posición a toda costa. En pocas palabras, la política se ha vinculado inextricablemente al ego, a vivir de los demás. Sin embargo el enfoque taoísta es transformar al ego y que trabajemos con y para los demás.

El ego es esa voz dentro de nosotros que dispara el juicio, el control, la ira, el orgullo e incluso el odio. Es la voz que separa, crea fronteras y enemigos. Una de las herramientas que utiliza es la palabra, y es lamentable que la mayoría de los sistemas políticos saquen a relucir estas cualidades en la gente, en lugar de ensalzar las virtudes del alma humana.

Tal como demuestran los personajes de la novela de George Orwell, Rebelión en la granja, dale a una persona el poder absoluto e inevitablemente se volverá egoísta y controladora, forzando a los demás a que hagan lo que ella quiera. Bajo esta perspectiva, la revolución social de Rebelión en la granja, estaba condenada al fracaso desde un principio, aunque empezó con el establecimiento de un código optimista de tolerancia y libertad: «Ningún animal debe tiranizar a sus semejantes. Débiles o fuertes, listos o ingenuos, todos somos hermanos».

 

Hacia el cambio

Damos demasiado poder al individuo que promete el cambio. Queremos que esa persona arregle lo que está mal en nuestras vidas para no tener que hacerlo nosotros. Dejamos nuestro poder y nuestra responsabilidad en otras manos. Esta es la misma razón por la que convertimos a los famosos en ídolos y en objeto de todo tipo de obsesiones. Si nos enfocamos en la última ruptura de la prensa rosa o en el último traje que llevó la princesa, no tenemos que pensar en nuestros verdaderos problemas. Es mucho más fácil construir nuestra imagen ideal de otra persona o crear una historia alrededor de él o ella, que asumir la responsabilidad de lo que está sucediendo en nuestras propias vidas. Cuando nos queramos dar cuenta estaremos llenos de indignación.

Nuestro sentido de la posesión y el apego son aspectos del ego. Sólo nuestro ego se aferra a ideas, a expectativas y a lo que pensamos que es nuestra identidad. Tenemos que darnos cuenta de que todo lo que tenemos en esta vida es prestado: nuestro cuerpo, nuestras posesiones materiales, las personas que hay en nuestra vida, nuestros logros, nuestros talentos, todo. Lo que estás leyendo no es mi contenido o mis palabras. Nada de lo que pensamos que es nuestro nos pertenece en realidad. Somos simplemente seres a quienes se nos entregan dones y se nos muestran retos para llegar a conocer nuestra propia sabiduría y alcanzar nuestro máximo potencial que es lo que realmente somos: manifestaciones vivas del Tao. El ego nos dice que adoptemos una identidad determinada que puede tener mucho poder o incluso ninguno, pero ambas son ilusiones.

Solemos colocar a los demás y a nosotros mismos en categorías limitadoras con el propósito de diferenciarlo todo y compararlo todo con relación a unos patrones aprendidos, pero las vidas de las personas no encajan con precisión en compartimentos concretos. Necesitamos llegar a un lugar en el que, aunque nos quitaran todos y cada uno de los dones que se nos han prestado, nos sintiéramos igualmente completos. Tenemos que aceptar y apreciar quiénes somos cuando nos despojamos totalmente de nuestras identidades para así descubrir nuestra verdadera esencia. Cuando nos quitamos las máscaras y todos los condicionamientos conectamos con nuestro ser más profundo y auténtico en total armonía con el Tao.

La posesión también tiende a aparecer en las relaciones con otras personas. Pensamos que amar a las personas -a nuestros hijos, por ejemplo- significa que las poseemos, y que sus vidas nos pertenecen. Pero hay una marcada diferencia entre ocuparse, compartir y cuidar de una persona y poseerla. Ocuparnos de nuestros hijos es nuestra responsabilidad, pero poseerlos es una ilusión creada por el ego que siempre terminará causando dolor y sufrimiento para ellos y para nosotros mismos.

Lo cierto es que las cosas verdaderamente maravillosas sólo ocurren cuando no nos apegamos al resultado. Cuando vivimos el aquí y ahora con plenitud, sin erróneas expectativas que distorsionen el futuro. Desafortunadamente, el ego siente que tiene el derecho a la gratificación. E incluso se puede decir que el ego está obsesionado con la gratificación. Así es como el ego nos encierra en una percepción errónea de nuestra valía personal, si no se consigue la gratificación, aparece el sufrimiento y la frustración.

El objetivo principal de todo esto -porqué estamos nosotros aquí, porqué está el mundo aquí y porqué tenemos el sistema político y los líderes que tenemos- es lograr el cambio. Este es el propósito de la vida. Pero entonces, ¿por qué parece tan difícil cambiar? Sencillamente porque el ego se interpone en el camino.

El ego intentará detenerte antes de que ni siquiera empieces. Quiere controlarlo todo con rutinas, categorías, límites y patrones mentales que terminan convirtiéndonos en auténticos robots. Él no quiere que cambies, pero una vez que vences este primer obstáculo, el cambio empieza a crear su propio impulso. Puede que hoy no veas ningún resultado de tu decisión de cambiar, pero gracias a enseñanzas milenarias como el taoísmo, sí que es posible ver resultados en nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

Lo mismo nos ocurre a todos nosotros. Una vez que nos abrimos al cambio, la primera acción crea un apetito por más cambio. Empezamos a querer más y más crecimiento en nuestras vidas, y este deseo está apoyado por una certeza creciente de que podemos cambiar. Y para enfocarse en el cambio sólo hay que dejar atrás el pasado. El crecimiento es evolución.

 

Autopoiesis

Tenemos que aceptar que la vida es un viaje, un flujo ininterrumpido siempre cambiante, y no dejar que el ego nos atrape en su deseo de resultados inmediatos, o nos encierre en una percepción inflexible de nuestra identidad, sin opción a evolucionar. Cuando aparece una oportunidad de que tu ego reciba un golpe, por muy duro que sea -y créeme, no es fácil de hacer-, simplemente encáralo y sintoniza con tu interior.

La propia sabiduría de la naturaleza es lo que nos saca de nuestra zona de confort para que podamos realizar algún cambio positivo en este mundo. La naturaleza siempre tiende al equilibrio, a reorientarnos al Tao y evolucionar. Hay un término en biología que define este concepto: Autopoiesis.

Poiesis es un término griego que significa creación. Autopoiesis significa auto-creación. Este término define al Tao como dinámica constitutiva de los sistemas vivientes. Para vivir esa dinámica de forma autónoma, los sistemas vivientes necesitan obtener recursos del entorno en el que viven. En otras palabras, son simultáneamente sistemas autónomos y dependientes del medio. Para ello necesitan estar en armonía con el Tao. Pero en el ser humano, el ego influye poderosamente limitando e impidiendo la armonía con el Tao.

Cuando dejamos a un lado nuestro ego, somos capaces de ver soluciones reales porque de repente estamos abiertos a entender lo que no veíamos. Esto nos da el poder de hacer preguntas y de no aceptar las cosas por su apariencia. Tenemos que buscar más profundo para encontrar respuestas «no convencionales» y más creativas que puedan llevarnos a un futuro más acogedor.

«Todas las cosas prosperan,
para luego volver al Origen…
de todo lo que es y de lo que va a ser.»
Tao Te King. XVI

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

 

La Alquimia Interior a través de las Plantas Sagradas

La Alquimia Interior a través de las Plantas Sagradas

Homero narra cómo los dioses, los héroes y sus caballos se alimentaban de ambrosía, el néctar de la inmortalidad. Su consumo era un privilegio exclusivo de los dioses. El mortal que se apoderara de ella, como ocurrió con Tántalo, sufriría el castigo de ser perpetuamente privado de ella. Sólo cuando los dioses lo desean pueden compartir su privilegio con los mortales y elevarlos a una condición sobrehumana. El dios griego Dionisos, divinidad de la vid, la embriaguez y el éxtasis, fue maldecido por los dioses por ofrecerles a los seres mortales sus virtudes extáticas y acercarles a la condición divina. A menudo, en los relatos mitológicos los frutos del Árbol Sagrado dan la inmortalidad o bien es a sus pies donde crecen los frutos de los que se extrae la ambrosía. Un extendido ejemplo lo constituye el hongo enteógeno amanita muscaria o agárico matamoscas, considerado como dador de la inmortalidad en el chamanismo siberiano y otros pueblos que lo consumían ritualmente.

En la antigua alquimia china se usaba la amanita muscaria mezclada con ginseng como elixir de la inmortalidad. La alquimia interior a través de las Plantas Sagradas, hace referencia a una forma de desarrollo espiritual en la que el propósito último no es abandonar toda conexión con el mundo físico y experimentar otros niveles de la realidad, sino que trata de construir un vehículo en el que la plenitud y grandeza del espíritu pueda experimentarse permanentemente, incluso mientras se vive en el mundo físico. De ahí que a estas plantas de uso milenario se les otorgue el apelativo de alimento de los dioses o de elixires de la inmortalidadEste cuerpo de inmortalidad (cuando lo divino se ha fusionado con lo terreno) se corresponde con lo que la tradición cristiana ha denominado cuerpo de gloria y con el merkabah de la tradición kabalista. Es semejante en muchos aspectos, sino idéntico, al lapis philosophorum o piedra filosofal de los alquimistas o al Grial, eje central la tradición esotérica y mística occidental y que ya deja entrever la importancia de la comunión como eje que une lo profano con lo sagrado.

 

ALQUIMIA, INMORTALIDAD Y DESARROLLO ESPIRITUAL

El desarrollo espiritual se ha descrito en infinidad de ocasiones como una lucha, y ciertamente se requiere de un esfuerzo y un profundo compromiso consigo mismo, pero la principal arma en esta paradójica lucha es fluir, rendirse al propio universo, rendirse al Gran Misterio, al Tao a la Fuente de toda la Creación. El buscador del espíritu es un guerrero espiritual que fluye en armonía con el Universo. Es el héroe que se deja llevar por su destino -sintonizado por la corriente universal-, así, de este modo el guerrero espiritual descubre su Ser Inmortal o la Totalidad de su Ser. Con esta perspectiva de transformación, no es apropiado batallar, luchar o forzar nada. De hacerlo así, se estaría operando desde el ego, esto es, desde dicha fracción de uno mismo con la que se defiende y analiza, esa estructura psíquica que no cesa de hablar en el interior de la cabeza en todo momento interfiriendo constantemente en el fluir del cosmos. Todos hemos sido condicionados desde muy temprana edad a hacerlo todo desde la mente egoica. Por lo tanto, si tratamos de «hacer» desde la forma de percepción habitual, es probable que permanezcamos atrapados en la mente discursiva, un nivel inadecuado para cualquier tipo de percepción fuera del espectro de la realidad ordinaria consensuada. Si dejamos de hacer (técnicas del no hacer en la filosofía tolteca enseñada por Carlos CastanedaWu Wei en el taoísmo) podremos adentrarnos en el momento presente, vivirlo en su totalidad, con la totalidad de nuestro ser. Estaremos completamente conscientes experimentando el aquí y ahora en toda su totalidad.

Permitámonos que lo que está escondido en las profundidades emerja y sea revelado a nuestra conciencia. No hagamos nada, dejemos que las cosas sucedan. Fluyamos con lo que surja en el momento, el universo nos está hablando, nos está guiando. En el mundo físico -el tonal-, cuando se desea algo hay que luchar para conseguirlo. Pero en los mundos sutiles del nagual, esa otra realidad mágica e invisible, todo está invertido, como si fuera el otro lado del espejo. Si se quiere algo, hay que dejar que llegue. Limitándonos a estar conscientes y confiar, todo sucederá. Las herramientas que nos brinda la naturaleza para nuestro desarrollo evolutivo son múltiples y muy variadas. Pero las Plantas Enteógenas o Maestras, consideradas como sagradas en la mayoría de culturas y pueblos que las han usado, son sin duda alguna la más poderosa e intensa herramienta para la exploración de los mundos internos.

El sacramento de la Comunión, sólo adquiere sentido cuando se comulga con una sustancia que realmente nos capacita para conectar con lo divino, de ahí su nombre cada vez más generalizado de estas plantas: enteógeno, que significa revelador del dios interior. Entre estos catalizadores naturales de lo divino más conocidos encontramos la Ayahuasca, Teonánnacalt, Peyote, Amanita Muscaria, Salvia Divinorum, san Pedro, etc. Antiguamente solo los iniciados podían acceder a la comunión con plantas sagradas. Solo ellos conocían esta alquimia secreta. Tras la iniciación le seguían diversas técnicas de de meditación, respiración y ayunos que favorecían la integración y comprensión de las experiencias al comulgar con Plantas Sagradas.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO

 

Tiempo, espacio y conciencia

Tiempo, espacio y conciencia

Nuestra conciencia actual solo es capaz de ver que vivimos atrapados en el espacio y en el tiempo. Y no podemos curvar el espacio sin involucrar también al tiempo. Por lo tanto, el tiempo adquiere una forma. Al curvar el tiempo y el espacio, la relatividad general, los convierte en participantes dinámicos de lo que ocurre en el universo, en lugar de considerarlos como un mero es­cenario pasivo en el que suceden los acontecimientos. 

Nos sentimos limi­tados en nuestro espacio físico y psicológico. Toda tensión física no es más que un reflejo de esa falta de espacio, esa contracción de nuestro espacio energético y sutil. Cuanto mejor nos sentimos, menos opresión y tensión experimentamos. La presión y la contracción son la fuente de las enfermedades. Esto tiene su reflejo en cómo nos afecta el espacio tanto interior como exterior. Creemos que nuestros problemas con el espacio, son sólo externos, pero en verdad nacen en nuestro interior. Cuanto más nos aferramos a nuestra individualidad, a nuestro ego, menor se hace nuestro espacio, y mayor es la tensión que experimentamos.

El ego representa una limitación irreal de nuestro espacio; es como identificamos con el aire que está dentro de la botella, sin dar­nos cuenta que ese aire es exactamente igual al mismo aire que que la rodea. El «yo» y «lo mío», nos contrae y tensa en la medida de su magnitud mental, o sea, de la importancia que le demos a las cosas.

 

Atrapados en el tiempo

Como el espacio es a lo físico, el tiempo lo es a la mente. La mente nos atrapa en el tiempo, en ese discurrir lineal entre pasado y futuro que creemos que es la existencia. Cuanto más nos atrapa el tiempo, más enferma la mente, pues el tiempo es una creación de la mente y no una realidad objetiva.

Sufrimos en la medida en que quedamos atrapados en experien­cias del pasado que todavía nos condicionan, y siguen presionando impidiéndonos vivir el aquí y el ahora con plenitud. Esta presión nos empuja a ir en busca de un futuro de realización que nunca parece llegar. Nos mantiene en un estado de estrés permanente en el que no hay alivio. El presente es la eternidad y la culminación de todos nuestros anhelos, la búsqueda mal entendida nos aleja de aquello que buscamos: La plenitud, está aquí y ahora, en el presente.

Toda la dualidad es un reflejo de la dualidad esencial que se esta­blece en lo más interno del ser humano, entre el alma y su fuente, entre la parte y el todo. A partir de este desequilibrio esencial -una percepción de separación- se generan los demás: la mente se polariza y sólo percibe un mundo de elementos separados.

Debemos encontrar el centro, el equilibrio, la unión o integración de los opuestos. Esa integración o síntesis produce gran armonía, felicidad, bienestar y salud. Hay tantos opuestos dentro nuestro, que nos encontramos en un estado de lucha constante.  Esta batalla sin fin agota toda nuestra energía.

La Autopoiesis se basa en el principio de integración de los opuestos, generando un estado de continuo crecimiento y expansión. Cuanto más nos alejamos del centro, menor es la armonía y más polaridades se crean generando más dolor y sufrimiento. Somos una dualidad buscando la unidad original, pues toda duali­dad surge de una unidad. Pero la unidad entre dos opuestos, sólo se realiza y experimenta en un nivel más profundo, en el nivel en que esos polos opuestos han tenido su origen común. Es en ese centro donde se armonizan los opuestos, donde se encuentra el verdadero poder, la relajación, la conciencia, la salud. En la dualidad hay lucha, tensión, disociación, neurosis, psicosis y enfermedad. La vida es central.

Las energías (pensamiento, emociones…) que no se reconocen o rechazan, pasan a nuestra «sombra» in­consciente y allí se transforman en nuestros demonios, dando poder a todo lo que allí habita.

Cuando en la alquimia se habla de transformar el plomo en oro, se refiere a transformar los sentimientos negativos o energía densas que residen en el co­razón (lujuria, ira, codicia, apego, orgullo) en amor. El amor es el oro filosofal que todo lo cura; las pasiones son el falso oro que tanto nos atrae, pero que en vez de enriquecernos nos empobrece.

Cuando el corazón enmudece, la mente comienza a hablar, toma el control, establece modelos de la realidad que condicionan toda nues­tra experiencia, quedando atrapados en la complicada red que ella ha creado.

 

Conciencia y luz

La solución es dirigir la luz de la conciencia hacia nuestro interior y alumbrar nuestros sentimientos más profundos y antiguos para transformarlos. Estos sentimientos atraen toda nuestra energía y recursos psí­quicos, orbitando alrededor de ellos, condicionando nuestra forma de ver y sentir la vida.

La luz de la conciencia es la luz de nuestro Self o Yo Superior, es por ello que no podemos conocernos sólo mediante el análisis de la razón. La mente no se puede iluminar a sí misma, puede pensar y razonar y justificar, pero no conocerse. En todos los senderos místicos, el ca­mino a la conciencia supone, como primer paso, el control de los pensamientos, el cese de la actividad mental, para que surja la luz de la conciencia. La psicología está carente de alma, y por ello muchas veces se encuentra en callejones sin salida. La luz de la conciencia no sólo ilumina a nuestra mente, sino que contiene la solución a todos sus problemas, pues en el fondo de nuestros conflictos mentales, subyacen necesidades anímicas profundas.

El encuentro consigo mismo significa, en primer término, el encuentro con la propia sombra. Hay que llegar a conocerse a sí mismo para sa­ber quién es uno y fomentar conscientemente nuestro propio sistema homeostático o sistema de regulación interno. Este sistema es nuestro chamán interno, nuestra parte sabia que mantiene en unidad y armonía todo nuestro Ser. Conectar, reactivar o fomentar la perfecta armonía de nuestro chamán interno nos lleva a vivir el aquí y ahora con toda su intensidad y plenitud, es la fuente de la salud y la felicidad.

JOSÉ LUIS LÓPEZ DELGADO